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La Aceptación

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“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques contra Dios? ¿Dirá lo formado al que lo formó: Por qué me has hecho así?” (Romanos 9:20 RVG)

“Dad gracias en todo; porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” (1 Tesalonicenses 5:18 RVG)

Si alguna vez existió una verdad emancipadora, es la de que si nosotros, como creyentes, aceptamos nuestras circunstancias presentes en la vida, la victoria es nuestra.

El camino más rápido y efectivo hacia la victoria espiritual es aceptar de corazón nuestras circunstancias tal como están. Contemple la belleza y lo sublime de un arrollo o de un río, una piscina o un océano, una loma o una montaña, una hoja de hierba o un roble, un gorrión o un águila, una hormiga o una mariposa, una piedrecita o un peñasco, un átomo o un planeta, un bebé o un gigante, un lirio o el Rey Salomón. Cada uno de estos tiene su propio papel, y es lo que es, absolutamente irremplazable por otra cosa, y todo determinado como esencial por un Creador perfectamente sabio.

Curiosamente, la forma de pensar del mundo es muy diferente a la de su Creador. El mundo, la carne y el diablo dicen: “Si quieres salir adelante y ser alguien, debes aspirar y esforzarte por ello. Así fue como lo hicieron los grandes, y así debes hacerlo tú si quieres triunfar. Nunca se ha logrado algo valioso sólo esperándolo o aceptando las cosas como están.”

Lo que importa no es lo que somos, sino cómo nos aceptamos a nosotros mismos tal como somos.

El mundo le dice a usted que usted es especial y que puede ser lo que quiera ser si lo cree y se esfuerza por ello. Dios también dice que usted es especial, pero El quiere decir que usted es lo que es –en derecho propio por virtud de Su propio diseño y voluntad, no hay nada ni nadie como usted mismo y nunca lo habrá. Para alcanzar su potencial, usted debe ser lo que fue diseñado para ser, y no lo que quisiera ser, y sólo Él puede hacer que ocurra.

El hecho es, no todos pueden ser lo que quieran, y tampoco estamos diseñados para ser cualquier cosa. El mismo hecho de que todos somos únicos nos dice que cada uno de nosotros tiene un estado de vida en particular escogido, lo que sea, no importa lo humilde o grandioso que nos parezca.

¿Por qué desanimarse si usted no es alguien más, como si estuviera en su poder y por lo tanto fuera su responsabilidad? ¿O envidia usted a otros? Envidiar a nuestro prójimo es echar a perder nuestro propio llamado. Sólo se puede ser algo mediante Dios. Y uno no puede usarlo a Él para ser lo que uno quiera. El hará lo que El quiera con usted. Usted no podrá añadir un centímetro a su estatura o hacer negro un solo cabello, dijo Jesús (Mateo 5:36). Por lo tanto, si El no lo ha hecho a usted alguien en particular, es Su sabiduría manifiesta que usted sea lo que es. Desear o tratar de ser alguien o algo diferente a lo que es Su propósito, es negar Su voluntad y Su sabiduría.

¿Le gustaría a usted ser el Presidente de los Estados Unidos? Eso es bueno para quienes está determinado – si están contentos con ello, cumpliendo con su papel fielmente – pero es malo para quienes no están contentos con ello, aunque sean los indicados. Los que aspiramos a ser lo que no somos, no tenemos idea de cómo es eso otro y nos perderemos la única posibilidad de satisfacción y gozo que hay en ser lo que tenemos que ser. Entonces lo que importa no es lo que somos, sino cómo nos aceptamos a nosotros mismos como somos, sin importar lo que seamos. Ese es el secreto para la vida, gozo, paz y satisfacción.

Uno nunca estará contento o satisfecho buscando pastos más verdes. Es un error trágico pensar que se puede ser feliz si uno puede ser como otra persona o tener lo que otro tiene, o aun tener algo que nadie ha tenido nunca. En el momento en que uno es capaz de someterse a su parte en la vida, no a la fuerza (el Señor mira el corazón), sino voluntariamente, hasta con gozo, ha entrado en ese estado que todos hemos deseado pero pensando que sólo podríamos tenerlo si cambiara nuestra suerte.

Cuando no podemos aceptarnos a nosotros mismos, nos contamina y nos destruye la amargura.

A ese estado, algunos le llaman nirvana, otros consciencia cósmica, otros, iluminación y yo le llamo aceptación de la voluntad de Dios. Los que buscan el nirvana no están contentos con su estado y con su suerte. Aun no conozco a un budista o a un místico no cristiano que esforzándose por encontrar la paz perfecta y el contentamiento lo hayan logrado. Ellos nunca pueden estar satisfechos con su condición presente.

No ha de ser difícil aceptar las cosas que en nuestra vida son agradables –buena salud, paz familiar, suficiente riqueza, popularidad, seguridad o éxito- aunque uno pronto se da cuenta de que no hay verdadera satisfacción en ninguna de estas cosas tampoco. De hecho, muchos que las tienen las dan por sentado, y pueden haberlas adquirido sólo para descubrir un vacío inesperado. Confundidos, preguntan, “¿Qué salió mal? ¿Por qué no soy feliz?”

Lo más difícil es aceptar las circunstancias y estaciones adversas, indeseables y desagradables de la vida, aparentemente inferiores a las de otros. La vida nos advierte contra la imitación, la envidia, los celos y la codicia. El orgullo es también un vicio que nos arrastra a compararnos unos con otros, causando así molestias y enemistades. Cuando no nos aceptamos a nosotros mismos con agradecimiento por las circunstancias, la amargura toma su lugar en nosotros y, lentamente pero segura, nos contamina y finalmente nos destruye.

¿Por qué habríamos de compararnos con otros si no se suponía que fuéramos como nadie más? ¿Por qué estamos insatisfechos con nosotros mismos si somos los únicos que podemos ser las personas únicas que estamos destinados a ser? Si sólo podemos encontrar contentamiento siendo nosotros mismos, ¿Por qué queremos ser alguien más? ¿Por qué no podemos darnos cuenta de que es imposible?

Si creemos que Dios reina supremamente sobre todo, descansamos en la confianza de que El está en control total y que hace todas las cosas a la perfección. Damos gracias y confesamos que Jesús es Señor en un sentido más práctico. Amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, porque si nos aceptamos a nosotros mismos como obra de la sabiduría de Dios, aceptaremos a nuestro prójimo como obra de sabiduría de Dios y estaremos agradecidos por él, también.

¿No es esta la esencia del pecado –nunca aceptar nuestras circunstancias presentes?

“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques contra Dios? ¿Dirá lo formado al que lo formó: Por qué me has hecho así?” (Romanos 9:20 RVG)

La raíz de todo mal en el mundo es estar descontentos con nuestra suerte. ¿No ha aspirado Satanás a ser el gobernador de este mundo? Pero él es un usurpador. ¿No ha tratado el hombre de adquirir y lograr, para su propio mal? ¿No ha destruido la tierra?

¿No trataban los fariseos de ser justos en sí mismos? ¿No se casó Herodes con una mujer prohibida? ¿No quería Acab la viña de su prójimo, o David a la esposa de su vecino, o Amnon a su hermana, o Absalón el trono de su padre, o Caín la aceptación de Dios que su hermano disfrutaba, o Saúl la gloria independientemente de Dios, o Judas la alabanza de los hombres? ¿No quería Israel salir de Egipto cuando estaban dentro y regresarse cuando estaban fuera? ¿No querían ellos otro rey como las demás naciones? ¿No es esta la esencia del pecado –nunca aceptar nuestras circunstancias presentes?

Me recuerda a una caricatura – el primer cuadro muestra a un hombre durmiendo en un sofá, soñando que anda de caminata por las montañas con aire fresco y sol, vientos frescos y hermosas vistas para disfrutar; el último cuadro lo presenta en las montañas, exhausto y sudado, imaginándose a sí mismo tirado cómodamente en un sofá.

Considere que cuando Dios envió profetas para criticar al pueblo, fue para criticarlos, no por lo que eran, sino por tratar de ser lo que no se suponía que fueran. Dios no culpa al hombre por errores o torpezas o debilidades o fortalezas o riqueza o pobreza o fama, sino por desear ser algo que no es.

En nuestro estado errático, hacemos cosas tontas, de ese modo manifestando que somos idólatras. Los ídolos entontecen a los hombres. ¿Qué es un ídolo? Lo que uno trata de tener y lograr, algo que se busca en lugar de Dios. ¿Quién es un necio? Alguien que no puede apreciar la parte que Dios le ha dado en la vida.

Lo que será será, y Dios lo hará.

Rompemos cada mandamiento cuando no nos aceptamos a nosotros mismos y nuestro estado en la vida determinada por el Creador –no amando a Dios, teniendo dioses ajenos (codiciando cosas que no son para nosotros), no guardando el Sabbat (no descansando), no honrando a los padres, cometiendo adulterio, robando y matando. Así, destruimos lo que nosotros y quienes nos rodean tenemos, o podríamos o deberíamos tener.

¿Cómo sabemos que todas nuestras circunstancias han sido ordenadas por el Señor? Él lo dice.

“Y todas las cosas por Él subsisten” (Colosenses 1:17).

“El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos.” (Proverbios 16:9)

“Dad gracias en todo; porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” (1 Tesalonicenses 5:18 RVG)

¿Será posible que hemos sido puestos para cambiar nuestras circunstancias, así como Jeroboam se rebeló contra Roboam, siendo el propósito de Dios dividir a Israel en dos naciones (1 Reyes 12:21-24)? ¿O así como Jacob astutamente le quitó la primogenitura a Esaú y le robó su bendición, demostrando así Dios Su elección y soberanía divina (Romanos 9:10-13)? ¿O como Samgar que valientemente libró a Israel de la servidumbre matando a 600 filisteos con una quijada de buey (Jueces 3:31)? ¿O como Sansón deseó y tomó a una mujer filistea como esposa, buscando Dios una ocasión en contra de los filisteos opresores (Jueces 14:3-4)?

Todas estas fueron cosas que Dios puso en el corazón de sus siervos para que las hicieran. Él hace todas las cosas según el consejo de Su propia voluntad (Efesios 1:11). Lo que será será, y Dios lo hará.

Hay quienes buscan este tipo de actos y hazañas y dicen: “Si él puede hacerlo, yo puedo también.” Pero así, ellos están poniendo la carreta delante del caballo. Esas personas lograron esas cosas porque les fue dado por Dios hacerlas. No lo lograron por una férrea determinación; no tuvieron que trabajar en su motivación –fue puesta dentro de ellos. Ellos no podían hacer más que cumplir con sus destinos.

Necesitamos aceptar nuestras circunstancias y dar gracias en medio de ellas.

“Que no sepa tu mano derecha lo que hace tu mano izquierda,” dijo Jesús (Mateo 6:3). Siempre demos gracias por lo que ya es, sea lo que somos nosotros –sea que parezca para bien o para mal, oremos por la voluntad de Dios, y dejemos de buscar sólo nuestra propia ganancia y bienestar. Si aceptamos la voluntad de Dios y amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, tendremos los deseos de nuestro corazón.

¿“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; el valor para cambiar las que puedo; y la sabiduría para saber la diferencia”? Lo importante es aceptarnos a nosotros mismos y no desear ser otro. Y necesitamos aceptar nuestras circunstancias y dar gracias en medio de ellas, sabiendo que han sido diseñadas por el Padre.

“Es grandioso ser alguien, porque no eres nadie, porque eres Suyo.” (The Path of TruthEs Grandioso ser Alguien – disponible sólo en inglés). Entramos al anhelado séptimo día, el lugar que nos corresponde. A Dios sea el poder y la gloria para siempre. ¡Amén!

Víctor Hafichuk

Traducido al español por Edwin Romero
Translated into Spanish by Edwin Romero

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