¿Quién Tiene Libre Albedrío?

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El Hombre más libre que ha caminado sobre la tierra, sin ningún grillete del gobierno, religión, familia, ilusiones o expectativas sociales que Le atara, Quien pudo caminar sobre el agua, convertir el agua en vino, sanar a los enfermos, levantar a los muertos, levantar Su propio cuerpo de entre los muertos, estaba atado completamente y absolutamente a la voluntad de Dios. Él dijo, “…nada hago por Mí Mismo; sino que como Mi Padre Me enseñó, así hablo estas cosas. Y Él que Me envió, está Conmigo; no Me ha dejado solo el Padre, porque Yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:28-29 RVG).

Y nuevamente: “el Hijo no puede hacer nada por Su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo de igual manera” (Juan 5:19 La Biblia de las Américas).

Tomar decisiones y tener un libre albedrío no es lo mismo para nada.

La verdadera libertad, como lo demuestra Jesucristo, viene a través de caminar en la voluntad de Dios. Jesucristo ha mostrado al mundo cómo se ve, qué puede hacer y que hará un hombre libre. Él lo hizo por nosotros, para que nosotros también pudiéramos ser libres. “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).

Entonces, ¿Quién tiene libre albedrío? Aunque la respuesta ya está implícita, muchos confunden el tener y hacer elecciones con tener libre albedrío. No es lo mismo para nada. Esto lo mostraremos por medio de las Escrituras y razonamiento piadoso.

“Un hombre no puede recibir nada si no le es dado del cielo” (Juan 3:27). Cada detalle de tus circunstancias particulares y únicas en la vida ha estado fuera de tu control, detalles como dónde naciste, tus características y rasgos, los miembros de tu familia y todas tus decisiones en la vida. Todo, enseñan las Escrituras, es determinado desde el cielo. Tú no determinas nada. Jesús dijo:

“¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida? Si vosotros, pues, no podéis hacer algo tan pequeño, ¿Por qué os preocupáis por lo demás?” (Lucas 12:25-26).

Si no puedes determinar aun la menor de estas cosas, entonces tu albedrío no es libre. Si lo fuera, podrías hacer lo que quisieras, cuando quisieras y tendrías lo que quisieras. Pero no puedes.

Dios les dijo a los hijos de Israel: “He puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida” (Deut. 30:19). Dios, por Su voluntad, decidió revelar estas cosas a quien Él eligió. Él les reveló a los hijos de Israel, por medio de Moisés, los asuntos de la vida y la muerte que siempre están allí, delante de todos. Darles a las personas una opción en el asunto no es reconocer u otorgar “libre albedrío”. Los resultados siempre estuvieron ahí y predeterminados. Haz esto, y morirás. Haz esto, y vivirás, porque estás haciendo la voluntad de Dios, la cual es Vida.

Tener una opción demostró que la humanidad no puede escapar de la muerte y la corrupción.

Dios eligió a un pueblo no para revelar su habilidad o la libertad de su albedrío, sino para demostrar su falta de ella, fuera de Él. Esto no fue un viaje o experiencia placentera. ¡Lee la Biblia y los libros de historia! El viaje pasó por la esclavitud, y procedió a la dispersión y la ruina. ¿Nunca has escuchado el viejo dicho Judío, “Que Él elija a otra persona mejor”?

Dios formó una nación para enseñarles el camino correcto, pero también les predijo que ellos lo abandonarían a Él (Deut. 31:16). Demostrarían ser insuficientes por sí mismos, prefiriendo y eligiendo su “libre albedrío” sobre Él. Darles una opción sólo demostró lo verdaderamente “restringidos” que eran sus albedríos, lo cual ha sido una revelación necesaria no sólo para los hijos de Israel, sino para todos nosotros. Tener una opción ha demostrado que la humanidad, por sí misma, no puede escapar de la muerte y la corrupción. Por consiguiente, se revela la necesidad de un Salvador.

La Ley de Dios es la misma para todos. Si pecas, morirás. Si no pecas, vivirás. Porque vives, ¿puedes hacer lo que quieras? ¡NO! ¡Tú vives porque haces la voluntad de Dios! El camino no es amplio, amigos, sino estrecho. Esto, de la boca del Hijo de Dios, a sus oídos:

“Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos tratarán de entrar y no podrán” (Lucas 13:24 LBLA).

Si tantos fracasan, como hemos visto con los hijos de Israel, ¿cómo es que uno puede entrar por la puerta estrecha, escogiendo la vida y haciendo la voluntad de Dios? El hombre, por su propio poder, no puede guardar la Ley, como lo demuestra Israel. La respuesta es que uno puede entrar a la vida sólo por la gracia de Dios en Jesucristo. Ningún hombre, libremente, por su propia voluntad ha elegido a Dios. Ni uno. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros; pues es don de Dios…” (Efesios 2:8). Y: “Porque la Ley por Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo” (Juan 1:17).

Adán pecó al ejercer su voluntad.

El problema para la humanidad, como lo demuestran los hijos de Israel, es que cada uno de nosotros peca y muere. Se nos dan las opciones que llevan a la vida, y no podemos tomarlas. Si alguien las toma, es sólo porque Dios abrió el camino y le dio la gracia (favor y poder no merecido) para hacerlo. Es por eso que Dios vino en la Persona de Jesucristo. Él vino para abrirnos ese camino a todos nosotros. Fuera de Él, no puedes hacer nada. Es así como Él dijo de Sí mismo como hombre: “No puedo Yo hacer nada por Mí mismo” (Juan 5:30). Él confeso que Su voluntad, como hombre, no era libre. Si la imagen expresa de Dios, Jesucristo, el hombre, dijo eso, ¿cuánto más se aplica a nosotros, que sólo estamos hechos a Su imagen?

El primer hombre hecho a la imagen de Dios, Adán, pecó. Él pecó al ejercer su voluntad, en contra del mandamiento de Dios que le fue dado. De hecho, lo que las personas llaman “libre albedrío” es el pecado de Adán. Hasta que Adán desobedeció a Dios con respeto a comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, él estaba en el Paraíso, el cual es llamado así por la armonía y la paz de la voluntad de Dios realizada en la tierra. Ese estado de cosas cesó el día que Adán comió de ese Árbol, el cual le abrió la puerta al hombre para vivir por su propia voluntad y conocimiento, y le cerró la puerta al Árbol de la Vida. En vez de librar al hombre, esta decisión lo ha conducido a la muerte, la destrucción y la desesperación. En Adán han muerto todos los hombres. Heredar por medio de Adán la tendencia a pecar ha hecho que sea necesario que todos los hombres sean “desilusionados” de la noción del “libre albedrío” por medio de Jesucristo. La desilusión comienza con el arrepentimiento y la renunciación por fe:

“Y no os conforméis a este mundo; mas transformaos por la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

Siendo la finalidad: “Porque, así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

Jesucristo realiza Su salvación en contra de la voluntad del hombre.

Así es como aprendí el costo y las consecuencias de hacer lo que mejor me parecía. Dios vino a mí, me habló y yo seguí adelante en el poder de mi propia voluntad, como lo hizo Adán, desobedeciéndolo. No confié en Dios, sino en mí mismo, e hice lo correcto ante mis propios ojos. Ese es el fruto de comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Tomé decisiones equivocadas, pensando que sabía lo que hacía, y en lugar de obtener esas cosas que había esperado, o que había querido, terminé con todo lo contrario. Aprendí que la paga del pecado es la muerte, como Dios lo predijo. Ese fue el propósito que Él pretendía en lo que experimenté. Fue Su voluntad gobernando por encima y más allá de mi “libre albedrío”, lo que me llevó a depositar mi confianza en Él y aprender a caminar en Sus caminos comiendo, no del Árbol del Conocimiento (mi voluntad), sino del Árbol de la Vida (Su voluntad). Él hará que todos aprendamos a conocer la diferencia, de modo que así como en Adán morimos, también podamos llegar a vivir por Él. Él me hizo saber esto en Cristo Jesús, el cual es el Árbol de Vida.

Puesto que Dios logra Su salvación en contra de nuestra voluntad, se demuestra que no es nuestra voluntad, sino Su voluntad la que gobierna y es libre.

Ahora, cuando hablo de Jesucristo logrando estas cosas contrarias a la voluntad del hombre, los religiosos vienen y me llaman mentiroso, reclamando que ellos “aceptaron a Jesús en sus corazones”, o alguna forma de la misma cosa equivalente a esto: ellos ejercieron su libre albedrío para elegir lo correcto y lo bueno. Sin embargo, ellos no han hecho tal cosa. Si el hombre escoge algo de su propia voluntad, es corrupto, tal como es su voluntad. Ningún hombre elige a Dios. Aquí no sólo hablamos de algo semántico, sino del corazón mismo de lo que significa ser “cristiano”. Un verdadero cristiano es uno que Dios ha creado. Un falso cristiano es hecho por la voluntad del hombre.

“A lo Suyo vino, y los Suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en Su Nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Los cuales son engendrados, no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:11-13 RVG).

Esta declaración de “aceptar” a Cristo es anti-Cristo (“anti” significa “en lugar de”). Es anti-Cristo porque pone la voluntad del hombre en lugar de Dios. No reconoce la incapacidad total del hombre, en su corrupción, para elegir el bien. En cambio, le atribuye el poder de ser bueno y de elegir a Dios, como si el hombre fuera igual o incluso mayor que Aquél a Quien él escoge. En este escenario, el hombre es el que tiene “libre albedrío” y Dios queda dependiendo del hombre para que éste Lo elija reconocer. Hasta entonces Dios está impedido, con Sus manos atadas. Por supuesto, ésta es una mentira de proporciones gigantescas, y hasta blasfemia. Sólo puede haber una persona con libre albedrío. Y comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, en donde se abren los ojos para que “seas como Dios”, ¡naturalmente te hace pensar que tú eres el que lo tiene!

La cruz es cuando decimos: “No se haga mi voluntad, sino la Tuya”.

 Las Escrituras enseñan que ningún hombre es bueno (Romanos 3). Si ningún hombre es bueno, ninguno puede elegir el bien tampoco, y sobre todo, ¡elegir a Dios mismo! Atribuirle bondad al hombre también desafía a las historias individuales y colectivas de la humanidad, las cuales han demostrado, si no otra cosa, que la humanidad no es buena ni capaz de ejercer el “libre albedrío” para producir la paz y prosperidad deseadas. Dios, que no puede mentir, ha prometido que eso vendrá. Él, el Príncipe de la Paz, ha venido, como prometió, no para traer a todos a la vez, sino para traer una persona a la vez, comenzando con Él. Jesucristo fue crucificado por este mundo malvado porque vivió según la voluntad de Dios. Ahí es donde comienza nuestra paz, en la cruz. El camino hacia la paz y la prosperidad no es a través de ejercer nuestra voluntad, sino a través de la cruz. La cruz es cuando decimos: “No se haga mi voluntad, sino la Tuya”. Después de la cruz, a su debido tiempo, viene el poder de la resurrección de Su vida, donde vivimos a través de Jesucristo, según la voluntad de Dios.

La ilusión de tener un “libre albedrío” es el corazón mismo del engaño bajo el cual trabaja el hombre, desde el momento en que se le abrieron los ojos para ver que él es como Dios en su habilidad para determinar el bien y el mal. Es este espíritu independiente al que la Biblia llama la naturaleza del pecado. Ésta es la fuente de la que fluye todo mal. El verdadero enemigo yace acurrucado en nuestro propio seno, y lo llamamos “libre albedrio”. Separados de Dios, los hombres y las mujeres se dedican a servirse a sí mismos en sus propias voluntades, no entregando sus vidas por Dios, y consecuentemente, tampoco por los demás, como lo hizo Él por nosotros. El efecto restrictivo de la naturaleza pecaminosa no es libertad, para nada, y como Dios lo advirtió, trae engaño, devastación y destrucción. Estos son todos síntomas de muerte y no de vida. Si deseas insistir en que tienes “libre albedrío”, al menos llámalo como lo que es: muerte. “Porque el día que de él comas, ciertamente morirás” (Gen. 2:17).

Para quienes les es dado, el don de gracia para recibir vida viene en el momento y lugar que Dios elige. Muchos piensan que ya se les ha dado esta opción, pero no es así. Ellos han decidido por su propio conocimiento corrupto del bien y el mal, “aceptar” a Dios. Sin embargo, como dijo Jesús, “Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que Me envió, y Yo lo resucitaré en el día final” (Juan 6:44). Este don de fe viene por Aquél “Quien obra en nosotros el querer como el hacer, para Su beneplácito” (Filipenses 2:13).

Por la fe de Cristo somos sometidos al yugo y la disciplina de Dios, haciendo lo que es bueno y correcto ante Sus ojos, y por primera vez, cosechando vida. Esta es la Palabra de Dios haciéndose carne (en ti) y habitando con la humanidad. Así es como Jesucristo se multiplica en la tierra hasta que todos estén en armonía con la única voluntad que gobierna desde arriba, como Jesús expresó que Él estaba, en los días de Su carne. Entonces luego es respondida la oración, “Hágase Tu voluntad en la tierra como en el Cielo”.

“Mas nuestra ciudadanía está en el Cielo, de donde también esperamos al Salvador, y el Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo vil, para que sea semejante a Su cuerpo glorioso, según el poder con el cual puede también sujetar a Sí Mismo todas las cosas” (Fil.3:20-21).

Dios obra todas las cosas conforme al consejo de Su voluntad.

A esta altura puedes objetar, concluyendo que, si sólo prevalece la voluntad de Dios, “¿por qué, pues, todavía reprocha Dios? Porque ¿Quién ha resistido Su voluntad?” (Romanos 9:19). El apóstol Pablo respondió esta pregunta: “Oh hombre, ¿Quién eres tú, para que alterques contra Dios? Dirá lo formado al que lo formó, ¿por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el Alfarero sobre el barro…? (Romanos 9:20-21).

¿Cuánta voluntad tiene la arcilla para determinar su destino? Es lo mismo con Dios y el hombre. Dios le dijo al poderoso Faraón: “Para esto mismo te he levantado, para demostrar Mi poder en ti, y para que Mi Nombre sea proclamado por toda la tierra” (Romanos 9:17). ¿Cuánto “libre albedrío” tuvo el Faraón? Dios le dijo a Moisés que Él endurecería el corazón de Faraón. Faraón fue levantado por Dios para resistirlo, y para demostrar Quién está a cargo, o, en otras palabras, Quién tiene libre albedrío. Las Escrituras dicen esto:

“El corazón del rey está en la mano del SEÑOR, como los arroyos de agua, Él lo inclina hacia donde quiere” (Proverbios 21:1).

Y: “El corazón del hombre piensa su camino; mas el SEÑOR endereza sus pasos” (Proverbios 21:1).

Dios obra todas las cosas conforme al consejo de Su voluntad.

“…en Él también hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinados según el propósito de Aquél que obra todas las cosas conforme al consejo de Su voluntad…” (Efesios 1:11).

¿Entonces donde nos deja esto?

Jesús, también conocido como Emmanuel, o “Dios con nosotros”, les dijo a los que creyeron en Él: “Si vosotros permanecéis en Mi palabra, verdaderamente sois Mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Aquellos a quienes Él habló respondieron: “Nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: ‘Seréis libres’?”

No nos vemos a nosotros mismos como esclavos hasta que Dios nos revela nuestra incapacidad total de ser correctos, de hacer lo correcto y de alcanzar la vida. Esa revelación no puede suceder hasta que nos encontremos con el Señor Jesucristo vivo y resucitado, la Norma de Dios, a Quien debemos convertirnos (arrepentimiento) y en Cuya luz eventualmente veremos la disparidad entre Dios gobernando en Cristo Jesús, y el hombre gobernándose a sí mismo en “libre albedrío”. Luego aprenderemos lo que Jesús quiso decir cuando dijo: “Todo el que comete pecado es esclavo del pecado” (Juan 8:34). ¿Y qué es el pecado? Es independencia de Dios, hacer lo que nosotros queremos, servir a los deseos de la carne y la mente.

Nuestro “libre albedrío” ha sido un fraude, y reina sólo Su voluntad.

Los Fariseos fueron dados como ejemplos del hombre religioso (y todos han sido religiosos), el cual se sirve a sí mismo en los deseos de la carne y la mente al ejercer su propia justicia. “Yo acepto a Dios a mi manera… hago esto… hago aquello… por lo tanto, estoy justificado y ¿quién eres tú para decirme lo contrario?” ¿Quién se cree el hombre que es? ¿No puedes ver al hombre de pecado aquí? Lo verás. Por otro lado, aquí está el hombre que, según Dios, está justificado ante Él:

“Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. ‘Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano. Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘Dios, ten piedad de mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado, pero aquél no; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado” (Lucas 18:10-14).

El hombre que confiesa “libre albedrío” no está justificado. ¡Es el hombre que confiesa su injusticia, su “no-libertad” quien lo está!

Todos hemos construidos altares a nuestros ídolos, sirviéndonos a nosotros mismos en lugar de a Dios. Todos hemos comido libremente del Árbol del Conocimiento, y hemos mantenido nuestros derechos a nosotros mismos a través del ejercicio del conocimiento adquirido de ese modo. Todos debemos ser expuestos como ese hombre de pecado que se sienta en el trono de Dios, mostrándose a sí mismo que él es Dios. Luego descubriremos que nuestro “libre albedrío” ha sido un fraude, y reina sólo Su voluntad. En ese día ya no ejerceremos nuestra declaración de independencia de Dios. Reconoceremos que somos los culpables, que “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, Quien es bendito por los siglos. Amén (Romanos 1:25).

La esencia del argumento para el “libre albedrío”, el cual es defendido vigorosamente por los santurrones religiosos, es un esfuerzo de mantener la independencia de Dios y Sus requisitos, mientras que a menudo usan engañosamente Su Nombre para justificarlo. La intención es evitar la cruz, la muerte de sí mismos, de la cual Jesús habló como esencial. Pablo también enseñó que sin tal identificación con Él en la negación de nuestras vidas y de nuestro “libre albedrío”, no podría haber participación en Su vida. Entramos en Su vida y voluntad identificándonos con Él a través de la muerta por medio de la cruz (nuestra cruz personal, que Él aplica individualmente a nosotros), que es seguido por el mismo poder de resurrección por el cual Él venció la muerte, resucitándonos a la vida en Él, aquí y ahora. Ésta es la salvación y la perfecta voluntad de Dios. Éste es Jesucristo, venido en la carne, el Jardín del Edén restaurado desde adentro.

El ejercicio del “libre albedrío” demuestra ser vano por los malos frutos que produce.

Pedro también escribió acerca de esto: “…porque el que ha padecido en la carne, ha terminado con el pecado; para que ya el tiempo que queda en la carne, viva, no en las concupiscencias de los hombres, sino en la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:1-2). O estás viviendo en los deseos de la carne o en la voluntad de Dios. Uno es esclavitud; el otro es libertad. Para los hombres, la esclavitud parece como libertad, y la libertad parece como esclavitud. Eso también se debe a la corrupción del pecado. La libertad que viene siendo siervo de Dios es algo del cual el hombre carnal no sabe nada.

“Antes, como está escrito: Ojo no ha visto, ni oído ha escuchado, ni han subido en corazón de hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que Le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por Su Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1 Corintios 2:9-10).

Aquellos que dicen y piensan que eligieron a Cristo por su “libre albedrío” en efecto están diciendo: “Yo soy justo”. Ya sea que se proclamen ser religiosos o no, todos los hombres (no redimidos por Cristo) se comportan como si fueran amos de sus propios destinos y que pueden elegir el bien. “Todo camino del hombre es recto a sus propios ojos”. Dios dice lo contrario. Es esa también la razón por la que las Escrituras dicen: “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso…” Él es justificado en Sus juicios de nuestros caminos, y nos juzga para corregirnos; Él castiga para enseñar, para bien y no para mal.

El ejercicio del “libre albedrío” por el “cristiano” autoproclamado y hecho por sí mismo demuestra ser vano por los malos frutos que produce. La falsa religión (que incluye todas las obras religiosas de los hombres y no sólo a los que presumen ser “cristianos”) es responsable, según Dios, de todo el derramamiento de sangre que ha ocurrido. De esta entidad, la Misteriosa, Babilonia la Grande, Dios dice:

“Y en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos, y de todos los que han sido muertos en la tierra” (Apocalipsis 18:24).

Cristo dice de los que son de Él: “No me elegisteis vosotros a Mí; sino que Yo os elegí a vosotros…” Los “cristianos” autoproclamados, la cizaña, las semillas del enemigo, dicen que ellos lo han elegido a Él. Están, aunque no lo saben, llamándolo mentiroso a Él. Ellos son la encarnación del hombre que se justifica a sí mismo y que considera que el trono de Dios es su lugar legítimo, que él es aceptado porque él aceptó. Este hombre de pecado, que se presenta a sí mismo por encima de Dios, reside en todas las personas, excepto hasta que Cristo lo libera por identificación con Él Mismo, a través del don de la fe y obediencia a la muerte por la cruz. Hasta entonces, las Escrituras declaran que todos están sujetos al diablo (adversario), y son tomados cautivos por él a su voluntad (2 Timoteo 2:26). El diablo realiza la voluntad de Dios para el mal, siendo el mal una herramienta para enseñarle al hombre sobre las consecuencias de su “libertad”.

Otra vez, en caso de que pienses que la voluntad de Dios ciertamente no permitiría esta desobediencia, las Escrituras enseñan que el engañador y el engañado son Suyos (Job 12:16). Dios, se nos dice, es Quien envía “un poder engañoso, para que crean a la mentira” (2 Tesalonicenses 2:11). ¿Qué es una mentira si no es que tienes “libre albedrío” y que, por lo tanto, puedes elegir a Dios, ganando así el favor del Cielo? ¿Y por qué envía Dios este engaño? La Escritura continúa: “a fin de que sean condenados [juzgados, corregidos] todos los que no creyeron a la verdad [Dios es soberano sobre todo y hace todas las cosas según Su voluntad], sino que se complacieron en la injusticia [atribuyéndole al hombre el mérito y el derecho de ejercer el “libre albedrío” para hacer lo que le plazca]”.

Sólo puede haber conocimiento del bien, si hay mal. Sólo puede haber luz, si hay oscuridad. Sólo puede haber esperanza, si las cosas parecen ser de otra manera. Dios ha propuesto todas estas cosas, y las hace todas. Para que ninguno de los que creen tenga un alto concepto de sí mismo y sepan que a aquellos que se oponen a Dios les han sido ASIGNADAS sus porciones.

“Para vosotros, pues, los que creéis, Él es precioso. En cambio para los que no creen:

La piedra que los edificadores desecharon ha venido a ser la cabeza del ángulo y:

Piedra de tropiezo y roca que hace caer. Ellos, por su desobediencia, tropiezan en la palabra. ¡Ese es su destino! (1 Pedro 2:7-8).

La venida de Jesucristo disipa las mentiras que los hombres han puesto en práctica en la oscuridad.

Aparte de Dios, no hay otro poder reinando sobre el cielo y la tierra, aunque Él ha hecho que las cosas parezcan de otra manera: “En verdad, Tú eres un Dios que Te ocultas, oh Dios de Israel, Salvador” (Isaías 45:15). Su propósito ha sido sacar a un pueblo del mundo y sus caminos religiosos, para que Lo conozcan por fe, la evidencia de las cosas que no se ven, y triunfen como lo hizo Él en Su carne. Debe haber adversidad y disparidades para que la verdad y la bondad de Dios sea manifiesta.

Jesucristo es la Luz de todos los hombres. Su venida dispersa las mentiras y las falsedades que los hombres han creído y han puesto en práctica en la oscuridad, particularmente que ellos pueden hacer lo que les plazca en su “libre albedrío”. Incluso esta condición, como ya lo hemos señalado, ha sido ordenada por Dios con buen propósito. “Porque el anhelo ardiente de las criaturas espera la manifestación de los hijos de Dios. Porque las criaturas fueron sujetadas a vanidad, no voluntariamente, sino por causa de Aquél que las sujetó en esperanza, porque las mismas criaturas serán libradas de la servidumbre de corrupción, en la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8:19-21).

¿Qué tan libres son los hombres para hacer lo que quieran? “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, a los que están bajo la ley lo dice; para que toda boca se tape, y todo el mundo sea hallado culpable delante de Dios” (Romanos 3:19). ¿“Bajo la ley”? No parece que haya mucho “libre albedrío” en eso. ¿Nuestras bocas tapadas, y hechos culpables? ¿Qué tan glorioso es nuestro “libre albedrío” con la boca tapada y la conciencia afligida?

Las Escrituras enseñan contra la noción de que el hombre tiene un “libre albedrío.” 

Jesucristo dijo esto para todos los agobiados por su “libre albedrío” y el terrible costo y las consecuencias de perseguir la ilusión de tener el control:

“Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad Mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que Soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque Mi yugo es fácil, y ligera Mi carga” (Mateo 11:28-30).

Aquí están otras Escrituras que enseñan en contra de la noción de que el hombre tenga un “libre albedrío”.

Dios llama, elige y propone:

“Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (aunque aún no habían nacido sus hijos, ni habían hecho bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras de la ley sino por el que llama), le fue dicho a ella: El mayor servirá al menor” (Romanos 9:10-12).

Él lo hace todo; todo comienza y termina con Él:

“Yo Soy el SEÑOR, y ninguno más hay. No hay Dios fuera de Mí. Yo te ceñí, aunque tú no Me has conocido; para que sepan desde el nacimiento del sol, y desde donde se pone, que no hay más que Yo; Yo el SEÑOR, y ninguno más que Yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo el SEÑOR que hago todo esto” (Isaías 45:5-7).

El hombre, reivindicando su voluntad, cosecha el viento y aprende que es impotente:

“¡Cómo has caído del cielo, oh lucero de la mañana, hijo de la aurora! Has sido derribado por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Pero tú dijiste en tu corazón: ‘Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono, y me sentaré en el monte de la asamblea, en el extremo norte. Subiré sobre las alturas de las nubes, me haré semejante al Altísimo’. Sin embargo, has sido derribado al Seol, a los más remoto del abismo. Los que te ven te observan, te contemplan, y dicen: ‘¿Es éste aquel hombre que hacía temblar la tierra, que sacudía los reinos, que puso al mundo como un desierto, que derribó sus ciudades, que a sus prisioneros no abrió la cárcel?’ Todos los reyes de las naciones, todos ellos yacen con gloria, cada uno en su sepulcro. Pero tú has sido echado de tu sepulcro como vástago desechado, como ropa de muertos traspasados a espada, que descienden a las piedras de la fosa, como cadáver pisoteado. No estarás unido con ellos en el sepelio, porque has destruido tu tierra, has matado a tu pueblo. Que no se nombre jamás la descendencia de los malhechores (Isaías 14:12-20 LBLA).

Dios lo predice todo, y lo hace:

“Tomó entonces Samuel la redoma de aceite, la derramó sobre la cabeza de Saúl, lo beso y le dijo: ¿No te ha ungido el SEÑOR por príncipe sobre su heredad? Cuando te apartes hoy de mí, hallarás a dos hombres cerca del sepulcro de Raquel, en el territorio de Benjamín, en Selsa, y te dirán: ‘Las asnas que fuiste a buscar han sido halladas. Y he aquí, tu padre ha dejado de preocuparse por las asnas y está angustiado por vosotros, diciendo: ¿Qué haré en cuanto a mi hijo?’ de allí seguirás más adelante, llegarás hasta la encina de Tabor, y allí te encontrarás con tres hombres que suben a Dios en Betel, uno llevando tres cabritos, otro llevando tres tortas de pan y otro llevando un odre de vino; ellos te saludarán y te darán dos tortas de pan, las cuales recibirás en sus manos. Después llegaras a la colina de Dios donde está la guarnición de los filisteos; y sucederá que cuando llegues a la cuidad, allá encontrarás a un grupo de profetas que descienden del lugar alto con arpa, pandero, flauta y lira delante de ellos, y estarán profetizando. Entonces el Espíritu del SEÑOR vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre. Cuando estas señales te hayan sucedido, haz lo que la situación requiera, porque Dios está contigo. Descenderás delante de mí a Gilgal, y he aquí, yo descenderé a ti para ofrecer holocaustos y sacrificar ofrendas de paz. Esperarás siete días hasta que venga a ti y te muestre lo que debes hacer. Y sucedió que cuando él volvió la espalda para dejar a Samuel, Dios le cambió el corazón, y todas aquellas señales le acontecieron en aquel día. Cuando llegaron allá a la colina, he aquí, un grupo de profetas salió a su encuentro; y el Espíritu de Dios vino sobre él con gran poder, y profetizó entre ellos. Y sucedió que cuando todos los que le conocían de antes vieron que ahora profetizaba con los profetas, los del pueblo se decían unos a otros: ¿Qué le ha sucedido al hijo de Cis? ¿Está Saúl también entre los profetas? (1 Samuel 10:1-11).

Saúl no espero a Samuel como se le indicó, incluso aun después de todos aquellos cumplimientos que demostraron la soberanía de Dios. Por lo tanto, así perdió su reino ante David. Debo decir, Dios le dijo que el perdió su reino, porque estaba establecido en el Cielo. (Aquí hay una lección acerca de la voluntad: Aquello que se establece en el Cielo debe desarrollarse en la tierra. Como lo expresó Shakespeare tan acertadamente, “Toda la tierra es un escenario, y todos los hombres y mujeres son simplemente jugadores…”). Saúl permaneció siendo rey en la tierra por un tiempo, y trató de matar a su leal servidor, David, porque Dios había ungido a David en su lugar. David, en la siguiente cita, habla mientras es perseguido por el ejército del rey pidiéndole a Dios que juzgue entre él y Saúl. Saúl fue pronto asesinado en batalla por los enemigos paganos de Israel.

Los impíos sirven como instrumentos de juicio de Dios:

“Juzgue el SEÑOR entre tú y yo, y véngueme de ti el SEÑOR; pero mi mano no será contra ti. Como dice el proverbio de los antiguos: De los impíos saldrá la impiedad: así que mi mano no será contra ti” (1 Samuel 24:12-13).

Como dijo un hombre rico una vez: “Existe tu plan, y el plan de Dios, y tu plan no importa”:

“Antes que Yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

Aquel a quien Dios dice: “Yo estoy contigo para librarte”. Y lo hizo:

“Desde lo alto envió fuego que consume mis huesos; ha extendido red a mis pies, me volvió atrás, me dejó desolado, y con dolor todo el día. El yugo de mis rebeliones ha sido atado por Su mano; ataduras han sido echadas sobre mi cerviz; ha debilitado mis fuerzas; me ha entregado el Señor en manos contra las cuales no podré levantarme” (Lamentaciones 1:13-14).

Todos los asuntos son determinados por Dios:

“Pero Dios vino a Abimelec en sueño de noche, y le dijo: He aquí, eres hombre muerto por razón de la mujer que has tomado, pues está casada. Mas Abimelec no se había acercado a ella, y dijo: Señor, ¿destruirás a una nación, aunque sea inocente? ¿No me dijo él mismo: ‘Es mi hermana’? y ella también dijo: ‘Es mi hermano’. En la integridad de mi corazón y con manos inocentes yo he hecho esto. Entonces Dios le dijo en el sueño: Sí, Yo sé que en la integridad de tu corazón has hecho esto; y, además, Yo te guardé de pecar contra Mí; por eso no te dejé que la tocaras” (Genesis 20:3-6).

¿Qué libertad tenía Jonás para hacer las cosas a su manera?

Finalmente, hay un libro al que Jesús mismo se refirió como la única señal dada a los hombres de Él, que de hecho habla de la soberanía absoluta de Dios y Su obra de salvación con el hombre. “Absoluta” significa que sólo hay Uno que es libre de hacer Su voluntad. Mientras que toda la Escritura muestra Su Naturaleza, Su gloria y Su soberanía, este breve libro en particular resume nuestro tema de manera maravillosa y concisa. Escucha:

“Y la Palabra de El SEÑOR vino a Jonás…”

Comenzamos con Dios, que es el iniciador de todas las cosas. Él le dijo a Jonás, Su profeta, lo que estaba sucediendo en Nínive (el mal), y lo que se requería que Jonás hiciera (profetizar contra eso). Jonás se negó, por decirlo moderadamente. Él huyó. ¿Fue éste un ejercicio de libre albedrío? Uno podría pensar que sí. ¿Pero qué tan libre era Jonás para hacer lo que quería? Dios envío un gran viento para perturbar el mar en el que viajaba su barco, haciéndolo imposible seguir adelante.

Esto obligó a Jonás a enfrentar su evasión de responsabilidad. Él eligió ser arrojado al mar por el bien de sus compañeros del barco, a lo que parecía ser una muerte segura. Pero lo hizo por fe. Fe es la voluntad de Dios puesta en práctica por los hombres. Dios no puso fin a la miseria de Jonás ni dejó que se ahogara porque Él lo quiso de otra manera. Él tranquilizó el mar y envío una ballena a tragar a Jonás. Por causa de estar tan afligido, Jonás clamó a Dios desde el vientre de la ballena, arrepintiéndose y dando gracias. Luego el Señor le habló a la ballena y ella vomitó a Jonás en tierra firme.

“La palabra del Señor vino por segunda vez a Jonás…” ¿Fue la voluntad del hombre predicar el juicio de Dios? No, fue la voluntad de Dios. No es el hombre el que quiere servir a Dios, sino Dios es el que no sólo quiere, sino que sirve al hombre. “Den gracias al Señor por Su misericordia y por Sus maravillas para con los hijos de los hombres” (Salmo 107).

Esta vez Jonás fue y predicó a Nínive. A su palabra de inminente destrucción, la gente, cada uno de ellos, creyó a Dios y se arrepintió. En cambio, Dios también se arrepintió. “Y vio Dios sus acciones, que se habían apartado de su mal camino; entonces se arrepintió Dios del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo”.

¡Qué bueno es para nosotros que la voluntad de Dios, y no la del hombre, prevalece!

¿Estaba feliz Jonás con los resultados? Para nada; deseaba estar muerto. ¿Por qué? Porque quería ver a Nínive destruida. Se quejó con Dios por haber sido enviado a una misión que él sabía que terminaría diferente de lo que él quería. Él dijo: … “Yo sabía que Tú eres un Dios clemente y compasivo, lento para la ira y rico en misericordia, y que Te arrepientes del mal anunciado”. Aquí tenemos el penúltimo ejemplo de la gracia y la misericordia de Dios para otorgarle el arrepentimiento a toda una cuidad. Sin embargo, Jonás no estaba contento; su corazón estaba puesto en la destrucción. Nosotros no somos diferentes, amigos míos. Todos somos injustos e incapaces de un amor piadoso que da la vida por el extranjero y el enemigo. No es nuestra justicia o “libre albedrío” lo que salva el día; nunca lo fue, nunca lo será. Es la justica de Jesucristo, y sólo la Suya que lo hace.

Dios levantó una planta para darle sombra a Jonás en su aflicción, pero al día siguiente marchitó la planta para enseñarle esta lección. Dios le dijo a Jonás: “Tú te apiadaste de la planta por la que no trabajaste ni hiciste crecer, que nació en una noche y en una noche pereció, ¿y no he de apiadarme Yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir entre su derecha y su izquierda, y también muchos animales?” ¡Qué bueno es para nosotros que la voluntad de Dios, y no la del hombre, prevalece!

Dios le dio mandamiento a Jonás, Dios envió el viento, Dios calmó el viento, Dios envió la ballena, Dios le ordenó a la ballena que soltara a Jonás, Dios le dio a Jonás palabras que decir, Dios le dio a la gente que creyeran, Dios se arrepintió del mal que Él iba a hacer, Dios hizo que brotara una calabaza de la noche a la mañana, Dios marchitó la calabaza al día siguiente. Dios obra todas las cosas según Su voluntad. Nadie puede competir con Él o negarlo, y nadie querrá hacerlo cuando, al estar sujeto a Su voluntad en todas las cosas, sabemos el bien que Él está haciendo. Jonás aprendió eso, y así lo haremos nosotros, cada uno en su propio tiempo, y será muy bueno. Entonces adoraremos libremente a Dios el Padre en espíritu y en verdad.

Amen, ¡y gloria a Dios en lo más alto! Él reina, sobre todo. Por eso podemos decir verdaderamente que Él es Dios, porque “¿Quién ha resistido Su voluntad?”

Paul Cohen

 

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