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Testimonio de Victor Hafichuk
Fui
el primogénito de una familia católica ucraniana.
Aquí fue donde por primera vez tuve la noción de la existencia
de Dios y de otro mundo: Una tarde, íbamos con mis padres manejando
de regreso a casa; veníamos de la ciudad al atardecer. Yo tenía
como 4 años. El sol había dejado una especie de resplandor
en unas nubes en el horizonte, lo cual les daba un efecto especial como
el de una refulgente habitación celestial.
Mi mamá señaló esa bella escena y dijo (en ucraniano),
--Mira hijo, eso que se ve allí es el Cielo. ¡Dios, los ángeles
y los santos están todos cantando y regocijándose!—Ese
evento fue bastante estremecedor para mí. Yo supe que yo quería
estar allí y no sé si mi madre me dijo que tendría
que morir primero (físicamente) para ir al Cielo, o si instintivamente
yo supe que eso era lo que tenía que hacer para llegar allá.
Lo que sí sabía era que tenía que morir. Sabía
que tenía que dejarlo todo o perderlo todo en este mundo para
tener el inmenso privilegio de estar con Dios. Fue una experiencia agridulce,
emocionante pero profundamente triste. Sin saberlo yo, llegaría
a entender esa realidad durante esta vida.
“Dios, si Tú quieres
manifestarte a mí,
por favor, hazlo.” |
La siguiente ocasión en que recuerdo haber tenido un “encuentro” con
Dios fue cuando yo tenía como 11 o 12 años. Las cosas me
iban mal, una tras otra. Yo estaba exasperado. Un día, estaba
yo cortando leña debajo de un árbol y cuando bajé el
hacha, halé una rama que me cayó en la cabeza; eso me asustó.
Parecía como que el cielo estaba cayendo sobre mí. Yo clamé a
Dios desesperadamente, atemorizado y quebrantado. Luego de eso, sentí una
gran paz y no tuve más incidentes de ese tipo por algún
tiempo.
Cuando yo tenía cerca de 25 años, tuve un “accidente” esquiando.
Estuve sin trabajar por tres meses y medio y en fisioterapia por mucho
más tiempo. Durante ese tiempo, dentro de mí comenzó la
búsqueda de un mayor significado de la vida. Se me despertaron
algunas preguntas como --¿Quién soy yo? ¿Por qué estoy
aquí? ¿Existe Dios? ¿Me podrá hablar a mí? ¿Qué querrá El
de mí?--. Empecé a buscar varias causas, filosofías,
religiones, y comencé a leer la Biblia.
Por una serie de circunstancias peculiares, me dieron un trabajo en
otra compañía y me enviaron a una ciudad a cientos de kilómetros
de donde yo vivía. Fui separado de mi familia, amigos y lugares
conocidos. Era un trabajo tranquilo, con mucho tiempo para pensar, meditar,
leer la Biblia y buscar a Dios.
Durante ese período en 1972, comencé a orar, clamando
a Dios diciéndole “Si Tú estás allí,
Dios, si puedo hablar contigo, si tú quieres manifestarte, por
favor, por favor, hazlo.” Noche tras noche, yo me arrodillaba junto
a mi cama y clamaba a Dios en quieta desesperación. Ese vacío
e insatisfacción interior respecto de las cosas de este mundo
se volvían más intensos hasta sentir que, a menos que Dios
me respondiera, yo no tenía razón para seguir viviendo.
Ese
año de 1972, decidí hacer un ayuno de tres días
y tres noches, sin comida ni bebida. Fue para ese tiempo que tuve un
sueño con el Señor Jesucristo, algo que yo conocía
por el término de “La Segunda Venida.” Yo vi Su Rostro.
Era un rostro como el de ningún otro…perfecto en belleza,
amor, poder, sabiduría, conocimiento y paz. Su rostro lucía
sencillo y distintivamente judío, y sin embargo, era universal.
Un hombre caminaba con Él a Su izquierda, y el rostro de ese hombre
era también distintivamente judío, aunque no universal.
El se veía lleno de reverencia, agradecimiento y gozo, todo a
causa de Aquél con quien él caminaba y a quien él
adoraba. Ambos, el Señor Jesús y el hombre que caminaba
con él, tenían barbas nítidas, cabello corto y vestidos
sacerdotales de realeza.
Al contemplar a estas dos personas, yo me sentí condenado, no
por el Señor o por el hombre que iba con él, sino por mi
propia corrupción y doctrina religiosa. Como católico,
me habían enseñado que si yo moría con pecado mortal
en mi alma, iría al infierno y ardería con terrible dolor
para siempre jamás, o que si el Señor venía y yo
seguía en pecado mortal, yo sufriría las mismas consecuencias.
Al venir al mundo, el Señor reconocía a muy pocas personas
al pasar por este mundo, el cual se quedó muy quieto, sólo
mirando y asombrado. El no me reconoció a mí y yo sabía
que no podría hacerlo. Yo temía ser rechazado y condenado
por toda la eternidad. Cuando me desperté, mi ropa estaba toda
mojada por el sudor.
Comencé a creer que Jesucristo era la respuesta para mí y
para toda la humanidad. |
Muy perturbado y sin saber qué hacer, una o dos semanas más
tarde tuve un segundo sueño de parte de Dios, en el cual se me
informaba que yo necesitaba alimento espiritual. Entonces me puse a tratar
de cambiar mi vida para librarme de mis pecados, para hacerme a mí mismo
agradable y aceptable para el Señor. Pronto empecé a darme
cuenta de la imposibilidad de tal tarea por mi parte. Me desesperé y
casi hasta me di completamente por vencido de seguir intentándolo,
cuando en eso, tuve un tercer sueño el cual fue un aliciente para
continuar. Simbólicamente el sueño me decía que
ya casi llegaba “allí”.
Para leer acerca de este sueño con mayores detalles haga click
en este vínculo.
La Fiesta de la Pascua
Poco tiempo después, el Señor me envió un hombre
anciano, George Lynn, para darme testimonio y para enseñarme con
las Escrituras, tanto del Viejo como del Nuevo Testamento. Él
era muy conocedor de la Biblia. Por algunos días, al saber que
yo era católico, él empezó a hablarme de lo corrupta
que era la Iglesia Católica Romana. Me relató sobre algunos
de los pecados más viles e incidentes que prevalecían en
ella. Sin embargo, lo único que él logró fue enojarme.
Con la sabiduría que Dios le había dado, dejó de
criticar a mi iglesia y, en vez de eso, profundizó más
en las Escrituras y me habló del Señor y de su amor y sacrificio
por mí, y de cómo yo necesitaba recibir y someterme a Jesucristo
como Señor de mi vida. El me aclaró que no había
nada que yo pudiera hacer para salvarme a mí mismo, que yo necesitaba
al Todopoderoso y Único Salvador para que Él hiciera el
trabajo. Me compartió cientos de versículos de las Escrituras,
por varias horas al día.
En particular, recuerdo versículos de las epístolas del
apóstol Pablo, tales como:
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros,
pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe, (Ef.2:8-9
VRV95)
Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de
Dios. (Rom. 3:23 VRV95)
Y: porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios
es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. (Rom. 6:23
VRV95)
Para animarme a creer en la veracidad y autoridad de las Escrituras,
George compartió conmigo (además de otros pasajes) las
palabras que el apóstol Pablo le escribió a Timoteo diciendo:
Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar,
para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin
de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda
buena obra. (2 Tim. 3:16-17 VRV).
Yo experimenté un gozo que nunca había
conocido, paz, satisfacción, dirección y propósito. |
Había muchos versículos, pero los que más sobresalían
y parecían ser clave para mí eran:
Pero ¿qué dice?: «Cerca de ti está la palabra,
en tu boca y en tu corazón». Esta es la palabra de fe que
predicamos: Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees
en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos,
serás salvo, porque con el corazón se cree para justicia,
pero con la boca se confiesa para salvación.
La Escritura dice: «Todo aquel que en él cree, no será defraudado» (Rom.
10: 8-11 VRV)
Luego de siete noches, cada una con varias horas de instrucción,
empecé a creer que Jesucristo era la respuesta para
mí y
para toda la humanidad. Yo sabía que yo no estaba bien con Dios,
que no era capaz de arreglarme con Él yo mismo, pero ¡cuánto
quería yo estar bien con Él!, y aquí estaba George
diciéndome exactamente cómo eso era posible y la única
manera cómo era posible.
Un poco así como con pena, me puse de rodillas junto con George
y él se sorprendió de que yo no supiera cómo orar. ¿Qué debía
decir? Luego George me aconsejó que hablara de manera simple y
honesta con Dios, como hablando a alguien a quien respetaba pero con
quien podía expresarme sin formalismos. Confesé que yo
era un inútil pecador y le pedí al Señor Jesucristo
que me perdonara por mis pecados y que tomara control de mi vida, la
cual –confesé- no podía manejar o cambiar yo mismo.
(El sabía que yo había intentado cambiar y había
fracasado miserablemente.) No sentí, ni oí, ni miré nada
especial o inusual. Sintiéndome un poco decepcionado, pero de
cierto modo en paz, me fui a mi casa.
En
los días siguientes, me empezaron a ocurrir cambios sobre
los cuales yo no tenía control y por los cuales no podía
tomarme el crédito para nada . Los vicios y hábitos que
yo había tratado de vencer y habiendo fracasado, me fueron quitados.
Me encontré teniendo nuevos deseos, un gozo que nunca había
conocido, paz, satisfacción, dirección y propósito.
Por primera vez, yo tenía Vida. La Biblia se
volvió como
un nuevo libro para mí. Antes de esta ocasión tan trascendental,
una vez yo la había leído toda, pero no había entendido
nada. Ahora yo estaba completamente interesado y entusiasmado por su
contenido. Este libro estaba vivo y su significado era infinito. ¡Dios
era real!
“¿Sabes
qué, Víctor?" me dijo mi hermana, "No
me gusta el ‘nuevo tú.’” |
Permítanme ser muy sincero aquí, para que puedan apreciar
qué clase de cambio ocurrió en mi vida en ese tiempo. Cuando
era católico, yo servía en el altar, era presidente del
club de jóvenes y solista en el coro. Fui al catequismo, a la
confirmación, a confesión, a comunión y hasta asistí a
un seminario menor por un año. Hice todo eso. Al mismo tiempo,
yo era un gran tonto, mentiroso, ladrón, engañador, falso,
pervertido, cobarde, traidor, hipócrita, fornicario, adúltero,
masturbador, blasfemo, idólatra, borracho, glotón, fumador
y más.
Constantemente, iba a confesarme y continuamente pecaba. No lo hacía
cínicamente, pero sí con culpa, impotencia, frustración
y temor. Por fuera, yo sólo era risas, bromas y chistes, pero
por dentro era un desastre. Por ejemplo, desde la pubertad, yo siempre
me había masturbado y cuando se llegó el momento en que
con todas mis fuerzas quise dejar de hacerlo, me di cuenta que era esclavo
de eso, incapaz de renunciar. Ahora me doy cuenta del gran daño
que causé, pero me pregunto si los que me enseñaron, quienes
nunca han conocido a Jesucristo y su salvación, se dan cuenta
de qué les ocurrió a ellos.
Aunque he confesado algunas cosas, hay pecados que no me atrevo a confesar
aquí por ser tan despreciables que no quiero ensuciar sus mentes
con la idea de esos pecados. Estaría cometiendo otro pecado al
divulgar aquellos. Sólo quiero decirles a todos que hay esperanzas,
no importa lo viles que puedan ser sus pecados. He aprendido que todos
somos capaces de lo peor, cada uno y hasta el último de nosotros.
Había esperanza y salvación para mí. Después
de todo, Jesús pagó el precio por cada pecado.
Cuando el Señor me liberó de mis pecados y tomó el
control de mi vida, dándole vuelta al derecho y al revés,
hubo división entre mi familia, mis amigos, mis asociados y yo.
El sacerdote de la parroquia católica y todos los católicos
me condenaron por lo que me había ocurrido. Mi familia se volvió tinieblas.
Mi hermana me echó de su casa y todos ellos me evitaban.
Mientras era católico, yo era todas esas cosas que he mencionado,
varias de las cuales eran conocidas por muchos; sin embargo, nadie de
la familia o de la iglesia católica tenía problemas conmigo.
De verdad, yo era uno de ellos, pero en el momento en que confesé a
Jesucristo como Señor y fui liberado de esos pecados, vicios y
hábitos tan viles, mi familia me evadió y me condenó como
una ignorante víctima de algunos “estudiantes de la Biblia”.
Mi hermana me echó porque yo había tratado de alcanzar
a aquellos que amaba, diciéndoles que yo había encontrado
la vida. ¡Cómo deseaba yo compartir con ellos lo que había
encontrado! Me sorprendió que ellos pensaran que mi liberación
era un problema. "¿Sabes qué, Víctor?" me
dijo mi hermana, "No me gusta el ‘nuevo tú.’"
Yo perdí todo
lo que tenía, pero estaba bastante dispuesto a que así fuera
por esa llenura de parte del Señor quien me consumía.
Empecé a decirle a la gente que yo necesitaba regresar a
la Iglesia Católica. |
En tanto yo era católico, mis pecados no eran un problema, pero
cuando mis pecados fueron lavados en el Nombre del Señor Jesucristo,
fuera de la influencia católica, de repente yo era como un leproso
para ellos. ¿Por qué mejor no daban gracias?
Unos
meses después de haber experimentado el arrepentimiento
y la liberación de mis pecados, estuve leyendo un libro de un
tal John O’Brien, creo, titulado “La Fe de Millones.” Este
libro era una defensa de la Iglesia Católica y sus doctrinas.
Me había impactado y persuadido intelectualmente de que en verdad
la Iglesia Católica Romana era la única y verdadera iglesia,
y que sus doctrinas eran verdaderas y legítimas. Entonces, yo
empecé a decirle a la gente de la Iglesia Alianza donde yo estaba
asistiendo, que yo necesitaba regresar a la Iglesia Católica.
Ellos quedaron muy perturbados por esa posibilidad.
Durante esos días, justo antes de que yo pasara al frente un
domingo en la iglesia para anunciar que yo iba a regresar a “mi
iglesia”, caí enfermo. Mi casero y su esposa se extrañaron
de encontrarme en casa, en cama, con fiebre y vomitando bilis. Me llevaron
al hospital muy de noche, después de contactar a mi joven doctora
con quien nos encontramos allí.
Mi doctora, Lorne Rabuka, no sabía cuál era el problema,
pero allí estaba un doctor mayor que por casualidad iba pasando
y me miró en la camilla. El se acercó, me hizo presión
en el abdomen bajo y casi me hizo saltar hasta el techo. Entonces dijo, "Creo que se trata de una apendicitis aguda. Tenemos que llevarlo
a la sala de operaciones inmediatamente." Esto fue como a la media
noche. Como a las dos de la mañana, me estaban operando. Más
tarde me dijeron que sólo era asunto de unas cuantas horas, si
no es que minutos, y me habría muerto al reventárseme el
apéndice.
Ahora yo estaba fuera del trabajo, en el hospital y luego convaleciente
en casa por varios días. El pastor de la iglesia Alianza no me
visitó en el hospital. Más fue el sacerdote católico
quien lo hizo, lo cual perturbó a mis amigos de Alianza, pero
no discutieron ni criticaron. Lo único que hicieron fue orar,
aunque yo no me di cuenta de eso sino más tarde. Yo tenía
muchas preguntas para el sacerdote católico, pero su conocimiento
de La Biblia me pareció bastante limitado. Sus opiniones sobre
la Biblia, me parecieron no creíbles aunque él se mostró muy
amable, no entrometido y, más bien, persuasivo.
Para cuando
llegué al libro de hebreos,
yo estaba maravillado. |
Esa semana, resultó que George Lynn también estaba de
regreso en la ciudad. El me visitó por algunas horas y discutimos
sobre las doctrinas católicas. El se había molestado, pero
yo no, y con mis argumentos intelectuales a favor de la doctrina católica
que yo había aprendido con “La Fe de Millones,” él
no supo qué responder. Esta vez, yo no me enojé con él
y, al final de la visita, le pedí que oráramos juntos.
El estuvo de acurdo y luego confesó que se sintió humillado
por no ser él quien sugiriera que oráramos. Él se
fue, de cresta caída, sabiendo que yo estaba feliz y determinado
a regresar a la iglesia católica, totalmente convencido de su
autenticidad y autoridad.
Sin embargo, no todo había terminado. Hasta antes de enfermarme,
yo había estado leyendo toda la Biblia, tanto el Viejo como el
Nuevo Testamento, unos pocos capítulos cada día. En ese
momento, yo estaba empezando la epístola de Pablo a los Romanos.
Esa semana, al tener mucho tiempo sin interrupciones, -algo muy raro
para mí- me leí todas las cartas de Pablo en una sola ‘sentada’,
por así decirlo.
Para cuando llegué al libro de Hebreos, yo estaba maravillado.
Dios me había abierto los ojos; me había tocado el corazón.
El me reveló la verdad de lo que Pablo estaba predicando. Aunque
por argumentos intelectuales yo estaba convencido de algo distinto, me
di cuenta de que lo que Pablo estaba enseñando era todo lo contrario
a lo que la iglesia católica enseñaba y practicaba. El
contraste estaba tan claro para mí. Fue como si una luz santa
y brillante iluminara las páginas de las Escrituras en mi corazón.
Verdaderamente, podía decir -sin exageraciones- que la diferencia
entre las enseñanzas y prácticas de la iglesia católica
y lo que el apóstol Pablo enseñaba en sus epístolas
era como el color blanco y el negro. Supe que la iglesia católica
y la Biblia eran diametralmente opuestas tanto en la letra como en el
espíritu. Dios me había tenido misericordia en mi engaño
y aflicción. Pablo no había puesto su vida en vano hacía
cerca de dos mil años, por lo menos, no para mí. Fui liberado
del poder de las doctrinas y religiones engañosas por su ministerio
en el Señor. Como está escrito:
En cuanto a las obras de los hombres, por la palabra de tus labios,
me he guardado de las sendas de destrucción. (Sal. 17:4)
Experimentando la gran liberación y emoción, después
de toda una vida de muerte, y atribuyendo todo este cambio al conocimiento
de Dios y de las Escrituras, decidí asistir a un instituto bíblico.
Pensé que si la Biblia podía hacer tal diferencia en mi
vida, entonces yo quería conocerla tanto como fuera posible. Finalmente,
me decidí por un nuevo Instituto Bíblico Bautista del Sur,
llamado el “Centro de Entrenamiento Cristiano” en Saskatoon,
Saskatchewan, a unos 140 kms. de Prince Alberta, la ciudad de mi conversión
espiritual. Lo manejaba Henry Blackaby con unos pastores asociados.
Ellos parecían muy satisfechos y seguros
de que ellos tenían la verdad. |
Yo tenía otras razones para ir al instituto bíblico. Yo
quería compartir esta nueva vida con otros con la ayuda de las
Escrituras. Equivocadamente, yo creía que un instituto bíblico
era un lugar para ir a hacer justamente eso. Una tercera razón
que parecía impulsarme en esa dirección era que yo continuamente
escuchaba una voz suave y delicada indicándome que yo aún
no había llegado “allí.”
Aunque yo no podía negar el maravilloso cambio que me había
ocurrido, yo aun sentía como que me estaba quedando fuera de la
gracia de Dios. Siempre que podía confiarles este dilema a los
pastores y a otros evangelistas, ellos me advertían que era Satanás
quien me estaba haciendo dudar de mi salvación. No obstante, yo
no podía deshacerme de esa voz.
Para desilusión mía, llegué a darme cuenta que
en ese instituto bíblico, estudié la historia de la iglesia,
homilética (el arte de predicar), Escuela Dominical, Administración
de la iglesia, dirección de coros, evangelismo, historia de las
denominaciones, pero muy poco de la Biblia. Sin embargo, durante ese
tiempo, Dios estaba tratando conmigo. Yo entré en conflicto con
algunos asuntos de la iglesia, pues encontraba discrepancia entre lo
que ellos predicaban y lo que practicaban y lo que yo estaba encontrando
en las Escrituras.
También
recuerdo haber tenido otro doloroso dilema. Yo iba a
una pequeña biblioteca con no más de 2,000 libros por mucho.
Uno de esos libros era la “Teología Sistemática Strong,” un
libro grande y grueso, en letra fina, lleno de doctrina y discurso. Pensé: “¿Cuándo
en esta vida podría yo encontrar el tiempo para meterme en tan
sólo este libro, mucho menos en todos los demás, y aún
menos en todos los libros teológicos del mundo? ¿No será que
necesito escudriñar todas las cosas para saber qué es lo
correcto y lo verdadero? ¿Tendrá Calvino la razón? ¿Tiene
Lutero la razón? ¿Tienen la razón estos hombres
en todo lo que enseñan? Si es así, ¿Cuál
o cuáles hombres? ¿A dónde iré? ¿En
quién puedo confiar de verdad?”
Estas consideraciones me dejaban perplejo. El pastor no me podía
ayudar y a nadie más parecía importarle mucho. Ellos parecían
bastante satisfechos con la enseñanza que estaban recibiendo allí,
aparentemente confiados de que ellos tenían la verdad.
Era un nuevo
mundo. La biblia cobró vida en una forma que
yo nunca había conocido. |
Recuerdo que justo después de ese tiempo de perplejidad, entré -por
algunos meses- en un período de escudriñar mi alma y de
convicción de pecados sutiles, como el de ser crítico de
otros. Durante ese tiempo, yo estaba experimentando algo del mismo tipo
de calvario espiritual por el que había pasado antes de mi conversión,
sólo que esta vez era en otro nivel.
La Fiesta de Pentecostés
Allí conocí a mi futura esposa y veintiún meses
después de mi conversión, yo a la edad de 27 años,
nos casamos. Un mes después, la tarde del 1ro. de enero de 1975,
como a las 9:30 p.m., Marilyn y yo pedimos y recibimos al Espíritu
Santo, una experiencia que nuestra iglesia evangélica y los círculos
religiosos condenan como “pentecostalismo,” como del diablo.
No pudimos dormirnos hasta las 7:00 a.m. Era un mundo nuevo.
La Biblia cobró vida en una forma que yo nunca había conocido.
Toda la noche el Señor nos llevó por las Escrituras revelándonos
muchas cosas nuevas. El Señor se nos mostró en una forma
que nunca habíamos experimentado hasta en ese momento. Fue algo
muy emocionante.
No podíamos evitar hablar de lo que habíamos experimentado.
No nos recibieron ni en los institutos bíblicos ni en las iglesias.
El pastor bautista, Jack Connor, nos dijo que debíamos tener
mucho cuidado al creer en algo que fuera contrario al consejo y al entendimiento
de la iglesia. De repente, yo le respondí como si allí me
estaba dando cuenta: “¡Usted no es diferente a la iglesia
católica! ¡Me dice lo mismo que me dijeron ellos cuando
me convertí!”
Tiré y queme todos los libros y pasé muchas horas
al día en las escrituras. |
Al recibir el Espíritu Santo, recibimos, no inmediatamente, sino
en los días siguientes, los dones del Espíritu… lenguas,
interpretación de lenguas, profecía, milagros, sanidades,
palabra de sabiduría, de conocimiento, fe, visiones, sueños
y discernimiento de espíritus.
Empecé a darme cuenta de algo. Cuando era católico, nos
enseñaban que nosotros éramos la verdadera iglesia de Dios
y que nuestras doctrinas y creencias eran las correctas. Luego, me convertí.
Jesucristo había tomado el control de mi vida a través
de las Escrituras y de alguien que no era católico. Mi vida fue
transformada, con muchos cambios para bien. Sabía que la iglesia
católica no era la correcta.
Luego, cuando fui bautizado por el Espíritu Santo, me di cuenta
de que había más cosas que las que los evangélicos
me habían enseñado y ellos me decían que yo ya tenía
todo lo que debía tener, igual que me dijeron los católicos
antes que ellos. Los evangélicos tampoco tenían la razón.
Ahora más bien estaba escuchando a algunos hablar de un tercer
nivel de experiencia en el Señor. Yo no quería que nadie
me alargara este asunto si es que estaba disponible para mí. Me
preparé entonces para entrar en el reposo, o para ser perfeccionado
o santificado –como algunos lo llaman-. Sin embargo, por muchos
años, eso no ocurriría.
El Señor – “¡Estoy sufriendo! ¡Estoy
sufriendo!”
En los meses por venir, el Señor se nos manifestó a nosotros
y nos separó de toda clase de religión organizada, iglesias
y denominaciones. (Nótese bien que esto no fue una reacción
a alguna herida o amargura, para nada; lo cual algunos han pensado erróneamente
que así fue.) Yo boté o quemé todos los libros y
cada día pasé horas en las Escrituras por los siguientes
dos o tres años.
Con el Señor como Maestro, pronto descubrí que lo que
me enseñaron y se practicaba en la iglesia, incluyendo la evangélica,
y lo que las Escrituras enseñan era muy diferente en muchos puntos
cruciales. (No uso la palabra crucial a la ligera.) Fue una lucha, una
guerra contra la incredulidad. Las dudas me asaltaban, la gente me criticaba
y estuvimos bastante solos por muchos años. Fue muy difícil,
pero fue bueno. En todo ese tiempo, el Señor nos proveyó todo
lo que necesitábamos en todas las formas.
En marzo de 1976, un poco más del año de haber recibido
al Espíritu, el Señor me habló en una vieja cabaña
abandonada y me dijo: “¡Estoy sufriendo! ¡Estoy sufriendo!” Yo
pude sentir su dolor pasando a través de mí. Usando objetos
como símbolos, Él me dijo que su pueblo estaba pereciendo
porque estaban creyendo mentiras, practicando religión falsa,
guardando costumbres paganas, que estaban en tinieblas y en ignorancia,
sin conocimiento.
Él me dijo que saliera de todos los sistemas religiosos formales
y nominales, donde su pueblo y todos los demás estaban pereciendo,
y que dejara todo atrás como si fuera mi propio excremento. El
nos sacó.
Nuestras circunstancias estaban bajo su control total en cada detalle. |
Ocho años después, en 1984, Él me permitió inquirirle
sobre lo que me había dicho. Le pregunté. “Señor, ¿Por
qué estas sufriendo?”
El respondió, “Porque Mi pueblo está sufriendo.”
Yo le pregunté, “¿Y por qué están
sufriendo?”
“Porque ellos no me obedecen,” replicó Él.
Yo seguí, “¿Por qué no te obedecen?”
El dijo, “Porque andan en sus propios caminos.”
“¿Por qué escogen sus propios caminos?” Pregunté yo.
“Porque les falta conocimiento,” respondió Él.
“¿Por qué les falta conocimiento?” pregunté.
El respondió, “Porque no hay quien esté dispuesto
a rendir su vida para que ellos tengan ese conocimiento.”
Me quedé callado por un rato. Años atrás, yo miraba
que muchos buscaban al Senior como para que fuera su amigo, pidiéndole
cosas, orándole cuando necesitaban algo. ¿Pero qué era
eso de ser Su amigo? ¿No deseaba Él a aquellos que serían
su amigo? Abraham fue conocido como amigo de Dios. Yo quería eso.
Entonces le pregunté al Señor, “Señor, ¿Sería
yo tu amigo aunque no estuviera dispuesto a rendir mi vida para que el
pueblo tenga ese conocimiento?” No hubo respuesta, pero para mí,
la pregunta era bastante retórica. Yo sabía la respuesta.
Sólo unos minutos antes de esa sesión de preguntas y respuestas,
una gran paz me había inundado, y por inspiración, dije: “Señor, ésta
es la clase de vida que me gustaría tener: una en la que me sienta
libre de ir y venir, y en la que tú hagas conmigo como te plazca,
cuidando de todas mis necesidades e inquietudes mientras me usas para
tus propósitos, y que yo me enfoque en tus intereses.” Justo
en ese momento Él dijo: “Lo has entendido.” En otras
palabras, “Es un trato.”
La Fiesta de los Tabernaculos
Dieciséis años después, un ángel me visitó para
fortalecerme y, mediante circunstancias muy difíciles, me vino
una consagración para la obediencia. Fue la batalla final hasta
la muerte. Uno sólo puede servir al Señor con la sentencia
de muerte sobre sí mismo. Esa es la victoria. Ese es el reposo.
En el año diecisiete, el pacto entre el Señor y yo empezó a
tener efecto de manera mas completa.
Que todos teman y se arrepientan. |
Durante todos esos años, el Señor fue el Director de la
Escuela, la Biblia, el libro de texto, y el mundo era el aula de clases.
El trajo muchas personas a nuestras vidas para tratar con nosotros, para
enseñarnos, y para llevarnos a ese lugar de reposo en Él.
Ha sido una vida de aguas, fuego, sangre, lágrimas, castigos,
y -sí- azotes, dolor, angustia, derrotas y lecciones.
El Señor no sólo ha perdonado pecados, sino que también
ha tratado con la naturaleza de pecado, la cual es muy religiosa, de
auto-justicia, obstinada, incrédula, orgullosa, ignorante, arrogante
y egoísta. ¡Qué misericordioso que es Dios y qué fiel!
De verdad, Él es Amor. Y Él Es Bueno. Él también
reina sobre todas las cosas. Yo sé esto muy bien. Son muchas las
veces en que Él me ha revelado que nuestras circunstancias están
bajo Su control total, en cada detalle. ¡O, gracias, Señor
Jesús, gracias! Él es el Señor de todo.
Yo aquí declaro hoy, que el Señor me ha escogido de entre
los hombres para enseñar y hablar la verdad a todos aquellos a
quienes Él ha ordenado que oigan, ya sea para bien o para mal.
Yo camino con Él en SU Presencia Viniendo hoy y confieso que Jesucristo
viene en carne. Este es el Día del Señor. Es un día
grande y terrible. Grande para los justos y terrible par los malvados.
Que todos teman y se arrepientan. El Señor ha vendo a reconciliar
todas las cosas con Él mismo.
¡Bendito sea el nombre del Señor Jesucristo, Yahshuah HaMashiach
Adonai (Hebreo), Yahweh, el Único que es Dios y quien creó todas
las cosas para Sí Mismo! Y así como Él tiene a uno
caminando a su lado, yo también tengo a uno que camina conmigo,
Paul Benjamin Cohen, un judío en la carne y en el espíritu,
a quien yo fui enviado para liberarlo por la Palabra del Señor
en 1979 en Kibbutz Revivim, HaNegev, Israel. Juntos caminamos delante
del Señor del Cielo y de la tierra, y hablamos lo que Él
nos concede hablar para el bien de todos aquellos a quienes Él
nos envía.
Benditos los que en nosotros no encuentran tropiezo.
Víctor Nicholas Hafichuk
Lethbridge, Alberta, Canadá
Escríbale
un correo a Victor Hafichuk
Traducido al español por Edwin
Romero
Translated into Spanish by Edwin Romero
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