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La porción de la Biblia del Viejo Testamento está llena
del llamado al arrepentimiento. En el Nuevo Testamento, los Evangelios
comienzan con Juan el Bautista introduciendo al Señor Jesucristo
llamando al Pueblo al arrepentimiento (Mateo 3:2). Cuando Jesús
y sus discípulos salieron a predicar, las primeras palabras de
sus labios fueron, “Arrepiéntanse porque el Reino de Dios
se ha acercado” (Mateo 4:17; Marco 1:15). Todo comienza con el
arrepentimiento.
Arrepentirse es dejar de ser independiente de Dios en todos los
asuntos de la vida.
La palabra “arrepentirse” ha llegado a ser una palabra arcaica
y muy mal interpretada. Se ha convertido en una “palabra chistosa”,
escogida para la comedia y la burla. Sin embargo, déjeme decirle
que no es posible oír una palabra más seria o importante.
El arrepentimiento es la única y sola puerta de entrada a Dios,
por la cual toda alma deberá pasar un día si es que han
de tener vida. El alma que piense que esto es divertido sólo puede
dar lástima.
Se dice que el arrepentimiento es cambiar la manera de pensar –una
determinación de dejar de pecar, es decir, una decisión
voluntaria de dejar de quebrantar las leyes de Dios. Todo esto es cierto.
Sin embargo, el arrepentimiento es más que eso, o, por lo menos
se puede describir en términos diferentes para comprender el gran
significado que tiene.
El arrepentimiento no es nada menos que la total rendición de
los derechos que uno tiene sobre sí mismo. Es dejar de ser independiente
de Dios en todos los asuntos de la vida, en todas las formas y en todas
las cosas. Si creemos que gobernamos nuestras propias vidas y que tomamos
decisiones basadas en nuestros deseos, preferencias y entendimiento,
no nos hemos arrepentido y vivimos en pecado, no importa cuán
virtuosas o ejemplares sean consideradas nuestras vidas. Por el contrario,
si nosotros incondicionalmente entregamos nuestro derechos sobre nosotros
mismos y nos rendimos a Dios, nos hemos arrepentidos.
La verdad es que nunca hemos tenido derechos sobre nosotros mismos.
Eso se debe a que no tuvimos nuestro origen en nosotros mismos. No nos
creamos a nosotros mismos. Dios nos creó, y por lo tanto, le pertenecemos.
Al ser Suyos, Él tiene todos los derechos sobre nosotros. Nosotros
no tenemos más derechos que los que estén subordinados
a Él.
Algunos presumen que han experimentado el arrepentimiento o la salvación
sólo porque llegaron como a un acuerdo con Dios más o menos
así: “Dios, si me sacas de este lío, si me sanas,
si me salvas, dedicaré mi vida a servirte a Ti; haré lo
que sea que me pidas.” Eso no es arrepentimiento; eso es una negociación.
Es una conversión falsa, un acto y una actitud de justicia que
sale de una persona pecaminosa, quien es totalmente incapaz de honrar
cualquier tipo de acuerdo o negociación con Dios.
Sin todos estos elementos vitales, el arrepentimiento no es completo.
El primer paso de fe en Dios es el arrepentimiento. De modo que ¿cómo
puede haber progreso espiritual para una persona si no ha completado
el primer paso? Examinemos la naturaleza del verdadero arrepentimiento
ante Dios:
Un componente primario del arrepentimiento es la aceptación de
las consecuencias del pecado: “Soy culpable. Merezco cualquier
castigo que a Dios le haya placido aplicarme y ya no tataré de
evitarlo. Prefiero que se cancele mi deuda antes que pretender que no
existe o esconderla de aquéllos contra quienes he pecado.”
Sin todos estos elementos vitales, el arrepentimiento no es completo.
Esos elementos son: uno, reconocimiento del pecado; dos, confesión del pecado; tres, honestidad acerca del pecado; cuatro, dolor por el
daño causado a aquéllos contra quienes pecamos, no por
las consecuencia del pecado; cinco, aceptación total de las consecuencias
del pecado; seis, pedir perdón y restituir cuando y donde sea
posible; siete, completo deseo de nunca más cometer ese pecado;
y ocho, total dependencia del Salvador Jesucristo para ser guardados
de volver a cometer ese mismo pecado otra vez.
Quítele cualquiera de esos ocho elementos y no hay un genuino
arrepentimiento provocado por Dios.
Considere que estos ocho elementos componen solamente el primer paso
para andar por fe, y estos elementos se juntan igual que lo hacen las
partes de un cuerpo. Así como un cuerpo no viene en partes separadas,
sino como una sola unidad, así el arrepentimiento genuino tampoco
viene en partes separadas. Si su vecino viene a visitarle a usted, no
va a venir por partes; vendrá en un solo cuerpo intacto.
Sabemos que el arrepentimiento no puede fingirse ni forzarse en nadie.
Los elementos que mencionamos son solamente las verdaderas marcas que
indican o prueban que existe un verdadero arrepentimiento.
El arrepentimiento
es la total rendición
a Dios.
Y el verdadero arrepentimiento es el reconocer de corazón a Dios
como Creador, Sustentador y Justo Gobernador de toda Su creación.
Arrepentirse es confesar no sólo de boca, sino con la vida entera,
que Jesucristo es el Señor de todo.
No somos nuestros propios dueños para hacer lo que nos plazca.
Reconocer, no sólo de labios, no sólo con la mente, sino
con el corazón, que no somos nuestros dueños, que somos
Suyos, eso es arrepentirse. Reconocer que le pertenecemos a Él
todo el tiempo, en todas las cosas, no empezando ahora solamente, sino
desde el primer momento en que existimos, eso es arrepentimiento.
Decir “No se haga mi voluntad, sino la Tuya,” es arrepentirse.
En vez de decir (con nuestra vida y actitudes), “Tú no me
vas a decir a mí qué hacer,” más bien diremos, “Tú eres
Señor, mi Señor. Todo lo que soy y lo que tengo es Tuyo.
Nunca fue ni será mío. Haz conmigo como te plazca, lo que
sea, sea que me guste o no, lo quiera yo o no, lo escoja o no.”
El arrepentimiento no se trata de religión. No es cuestión
de escoger algún estilo de vida. No es asunto de aceptar alguna
doctrina o conjunto de doctrinas. No es asunto de “ir a la iglesia”,
o ir al seminario o al instituto bíblico. El arrepentimiento es
la total rendición a Dios.
El arrepentimiento no es una demostración o actuación
de ningún tipo delante de los demás. No es una exhibición
de piedad o de humildad o de heroísmo. No es un asunto de decidir
ser piadoso o santito. No es tampoco un asunto de ascetismo (auto infligirse
dolor o privarse de cosas). No es cuestión de comprometerse con
alguna causa o una gran obra. No es asunto de entregarse al sacrificio
total. Arrepentirse es dejar completamente de depender en todas las formas
del poder propio o de la habilidad para obtener el favor de Dios, y más
bien confiar totalmente en que Dios haga la obra. Arrepentirse es abstenerse
completamente de depender de uno mismo y volverse a depender de Dios
para que Él nos enderece.
El arrepentimiento es la rendición del cuerpo, alma y espíritu
a Dios. Es reconocer que Él es el Señor de todo, que Él
gobierna sobre todas las cosas, y que a menos que Él quiera que
algo ocurra en nuestras vidas, no ocurrirá.
El arrepentimiento es decidir ver todo lo que existe como Dios lo ve.
Es reconocer que Dios está activo e involucrado en todo, y estar
de acuerdo con la forma en que Él ve y hace todo.
Sólo hay dos formas de mirar a la existencia. O el hombre está en
control, o Dios está en control. El hombre puede creer que él
tiene el derecho y la habilidad de determinar su propio curso, o que
es Dios quien tiene el derecho y la habilidad de determinar todas las
cosas que tienen que ver con, y que son para, el hombre.
Sólo hay dos tipos de personas en este mundo: “pro-Dios” y “anti-Dios”.
No hay agnósticos. Usted, o está con Dios, o está contra
Dios. No hay terreno neutral.
Sí, está escrito que los demonios creen en un Dios, y
tiemblan. Sin embargo, Jesús les dijo a sus enemigos que ellos
eran de su padre el diablo, y que ellos no creían. Los demonios
profesan creer, y lo hacen; creen que existe el Dios Todopoderoso, pero
eso no es suficiente. Creer de verdad incluye amor y obediencia. Un ateo, ¿ama
y obedece?
Es probarse a uno mismo que Dios es Dios en y sobre todas las cosas.
El hombre sólo puede centrarse en sí mismo o centrarse
en Dios. El arrepentimiento es decidir que el hombre entregará para
siempre el trono, el cetro y la corona de su vida a Dios, de manera incondicional.
Sólo los que creen con el corazón, le creen y le obedecen
a Dios, y sólo Dios puede cambiar el corazón y capacitarlo
para creer. Para nosotros, es imposibilidad pura.
El arrepentimiento es aceptar que la forma en que vemos las cosas puede
estar mal, no importa lo correcta que pueda parecer. Es estar dispuestos,
a cualquier costo, a reconocer que uno está equivocado en aquello
que ha estado convencido de que es correcto.
Arrepentirse es saltar al vacío en caída libre, seguros
de que nos destruiremos al final de la caída, si Dios no interviene
o nos resucita de entre los muertos.
El arrepentimiento es decidir que a menos que Dios lo haga, no hay manera
de que se haga. Es probarse a uno mismo que Dios es Dios en y sobre todas
las cosas. El arrepentimiento es la fe en acción.
Sabemos tanto y, a la vez, sabemos tan poco. Cuanto mas sabemos, menos
sabemos, hasta que un día, lo sabemos todo y, entonces, no sabemos
nada.
¡El arrepentimiento es imposible! No hay un ser humano que haya
vivido sobre la tierra que haya sido o sea capaz de arrepentirse. Desde
que Eva fue engañada y Adán participó del fruto
prohibido con ella, el hombre quedó esclavizado a hacer lo suyo
propio. Se encerró a sí mismo en una bóveda de seguridad,
creyendo poseer todos los tesoros que había allí, y tiró la
llave. Su esperanza pereció el día en que desobedeció y
se robó a sí mismo de Dios. Si Dios no viniera a abrir
esa bóveda, el hombre perecería. El hombre no tiene forma
de cambiarse a sí mismo o su destino por sí solo.
El hombre no sólo está encadenado y sin habilidad para
redimirse a sí mismo o para revertir su desobediencia; también
está atado en que él cree, y con una esperanza falsa, que
puede salvarse a sí mismo. El hombre ha estado arañando
las paredes de acero sólido de cuatro metros de ancho, dando golpes
de cabeza contra ellas, pateándolas y maldiciéndolas. El
hombre ha vivido pensado en toda forma posible de escape, y todos sus
intentos han sido claramente inútiles.
El hombre trata de llegar a un acuerdo con el Dueño de la bóveda.
Ha negociado, razonado y argumentado con Él; le ha rogado, lo
ha adulado y hasta le ha gritado. Le ha prometido ser bueno, ha fingido
amarlo, ha hecho sacrificios, le ha garantizado al Dueño pagarle
todos los daños y recompensarlo si tan sólo el Dueño
lo escucha, ve las cosas a su manera y acomoda o atiende sus pensamientos
e ideas. El hombre dice que haberse encerrado en esa bóveda no
fue culpa suya, que fue sólo un error y que nunca lo haría
otra vez si tuviera otra oportunidad. El también garantiza que
si el Dueño de la bóveda le diera un poco de ayuda, o por
lo menos el suficiente tiempo, él encontraría el camino
de salida.
El arrepentimiento es puro regalo de Dios, inmerecido.
Se llega el tiempo cuando el prisionero tiene que reconocer que todo
es inútil, que él, por culpa propia, se encerró allí,
que el Dueño realmente no lo necesita por ninguna de sus supuestas
virtudes, y que él no tiene ningún poder para arreglar
su predicamento. El tiene que llegar al punto donde confíe estrictamente
en el juicio, buena voluntad y misericordia de su Dueño. Debe
reconocer que el Dueño no tiene ninguna obligación para
con él en ninguna forma, en ningún momento, excepto en
lo que Él quiera obligarse a Sí Mismo. Eso es el arrepentimiento.
El arrepentimiento es puro regalo de Dios, inmerecido. No se origina
en quien se arrepiente. Si una persona experimenta un arrepentimiento
genuino, es estrictamente porque Dios le ha concedido a esa persona el
más precioso de los regalos. Dios abre la bóveda por Su
propia voluntad, en el tiempo de Su elección, sin precio y sin
negociación.
Dentro de la bóveda no hay luz. Es total oscuridad por dentro.
Esta es la tercera cadena. Sin embargo, el hombre ha llegado a familiarizarse
bien con la bóveda. Ha llegado a olvidarse que está dentro
de esa bóveda o que puede haber alguna otra opción. El
ha llegado a sentirse cómodo así sin luz, sin comida ni
bebida. Ha llegado a ser una criatura de la oscuridad; satisfecho, pero
insatisfecho; lleno, pero con hambre; cómodo, pero inquieto; con
ojos, pero ciego; con oídos, pero sordo; con una mente que presume
saber mucho, pero vacío de entendimiento. Esta gran oscuridad
es la tercera cadena.
Jesucristo es la única Luz, y solamente Él tiene las llaves
del infierno y de la muerte. La bóveda es la muerte y el infierno,
del cual no hay escape sino a través de Él. Él es
el Dueño de la bóveda. El Dueño tiene las llaves. Él
es la sola y única esperanza para el mundo. Él es la llave.
La combinación del cerrojo de seguridad es muerte, sepultura y
resurrección. Jesucristo logró todo eso, y el camino para
que nosotros lo sigamos hacia esa misma muerte, sepultura y resurrección.
No hay otro camino.
El arrepentimiento es más que un simple cambio de apariencia.
Es el inicio de una transición de las tinieblas a la luz, del
odio al amor, de la ignorancia al conocimiento, del infierno al cielo,
de muerte a vida.
La puerta de la prisión se abrirá cuando Dios lo determine,
y el hombre quedará libre para salir y para vivir. El tendrá luz
para ver el encierro y oscuridad de la bóveda, en contraste con
los nuevos y amplios espacios abiertos. Tendrá comida y bebida
y libertad para entrar y para salir; estará muy agradecido. Ya
no confiará en sí mismo; confiará en Dios a través
de Jesucristo, el Hijo unigénito (resucitado de entre los muertos)
por el poder de la resurrección. Su vida a penas habrá empezado,
y el Señor Jesucristo será su razón de vivir. Ese
es el arrepentimiento; no hay otro.
El arrepentimiento
es el punto de iniciación para la reconciliación
con Dios.
Con el genuino arrepentimiento viene el descubrimiento de que el Reino
de Dios tiene la supremacía sobre todo y que todas las cosas se
determinan desde arriba.
Con el arrepentimiento viene el comienzo del poder para diferenciar
entre el bien y el mal.
Con el arrepentimiento viene el comienzo de la
vida, de la esperanza, de la paz, del gozo, del amor, del entendimiento,
de la verdadera justicia,
del propósito y del sentido de dirección. Está escrito:
“El principio de la sabiduría es el temor de Jehová.
Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.” (Proverbios
1:7)
El arrepentimiento es el punto de iniciación para la reconciliación
con Dios. Es la introducción para recibir Su Espíritu.
Con el arrepentimiento, en el tiempo correcto, Dios viene a morar dentro
de la persona. Entonces, comienza otro trabajo, uno tan grande como,
o mayor que, el anterior, hasta que el alma penitente entra en su reposo,
el tercero y último nivel. Acerca de ese nivel, dimensión
y reino, está escrito:
“El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su
nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de
mi Padre, y delante de sus ángeles.”(Apocalipsis 3:5)
Y: “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de
mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él
el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén,
la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo.” (Apocalipsis
3:12)
El arrepentimiento saca a un alma de los barrios pobres y lo lleva a
las zonas de lujo, de los callejones oscuros, rebuscándose con
basura para comer, a los lugares de suculentos manjares.
Que valga la advertencia, sin embargo, que debe considerarse el costo.
No escuche a charlatanes ni a falsos predicadores, quienes reúnen
almas alrededor de sí mismos en el Nombre del Señor Jesucristo
y vendiendo religión como mercancía. Están por todas
partes, fingiendo servir a Dios, tener revelación, ser ministros
de Dios, amarle a usted (a veces muy sinceramente), pero buscando su
propia ganancia. El verdadero arrepentimiento no es un eterno viaje de
gozo. Le costará a usted la vida. Está escrito sobre los
apóstoles Pablo y Bernabé que ellos estaban:
“…confirmando el alma de los discípulos, exhortándoles
a que permaneciesen en la fe; y diciéndoles que es necesario que
a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” (Hechos
14:22)
Cuidado con los falsos, los imitadores.
Para que ninguno piense diferente, un discípulo no es un llamado
especial entre los cristianos. Un discípulo es un cristiano y
un cristiano es un discípulo. Si uno no es un discípulo,
uno no es cristiano y vice versa. Un cristiano es alguien que ha experimentado
el arrepentimiento como yo lo he descrito aquí de acuerdo con
el Espíritu Santo, al cual, a propósito, aman los verdaderos
discípulos, los cristianos o los penitentes.
Pablo también le escribió a Timoteo, diciendo:
“Y también todos los que quieren vivir piadosamente en
Cristo Jesús, padecerán persecución.” (2 Timoteo
3:12)
Cuidado con los falsos, los imitadores. Por allí hay también
arrepentimientos más baratos y preferidos a precios de ganga.
Confesar a Jesucristo sólo de labios (“aceptar a Jesús
como Salvador en el corazón”) con membresía y asistencia
a la iglesia es el mensaje alternativo de salvación más
común, popular y engañoso que se predica.
Aunque es cierto que Jesucristo es el Salvador, que uno no puede ganarse
la salvación, que la comunión con los creyentes es deseable
e importante, y que Jesucristo viene a morar dentro del creyente penitente
si él o ella persevera en el arrepentimiento hasta recibir al
Espíritu; no es cierto que sea fácil o simple o que se
logra en forma rápida y completa. Jesús declaró:
“Y llamando a la multitud y a sus discípulos, les dijo:
Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
y tome su cruz, y sígame.” (Marcos 8:34)
No se equivoque. El producto genuino es gratuito, pero le costará a
usted la vida. Jesús dijo:
“Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una
torre, no se sienta primero y cuenta el costo, para ver si tiene lo que
necesita para acabarla? No sea que después que haya echado el
cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a burlarse
de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo
acabar.” (Lucas 14:28-30).
Está escrito:
“Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves
del cielo tienen nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar
su cabeza. Y dijo a otro: Sígueme. Y él dijo: Señor,
déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Y Jesús
le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú, ve,
y predica el reino de Dios. Entonces también dijo otro: Te seguiré,
Señor; mas déjame que me despida primero de los que están
en mi casa. Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el
arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.” (Lucas
9:58-62).
Todos los aspectos
del arrepentimiento requieren una obra de gracia y revelación del Señor.
Hay cuatro aspectos para camina en arrepentimiento:
Arrepentimiento de pecados pasados. Esto es dolor
y repudio por acciones pasadas y caminos contrarios a la Ley de Dios,
y es a lo que más
comúnmente se refiere la gente cuando se habla de arrepentimiento.
Arrepentimiento de pecar. Este es el reconocimiento
de culpa y arrepentimiento de pecados presentes. Esto es también ampliamente considerado
como arrepentimiento. Sin embargo, hay más.
Perdón para todas las personas por cualquiera y todas las
ofensas, reales y percibidas, que hayan cometido en contra de uno. No
hay perdón de Dios para una persona que no está dispuesta
a perdonar. El perdón es un elemento crucial en el arrepentimiento.
Uno que no haya perdonado, no se ha arrepentido.
“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro
Padre celestial también os perdonará a vosotros. Mas si
no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre
os perdonará vuestras ofensas.” (Mateo 6:14-15)
Ahora, aquí hay una revelación. Este es un aspecto del
arrepentimiento del que raramente se habla. Yo digo que es el corazón
del arrepentimiento:
Un cambio de mentalidad o actitud hacia todas las cosas que
la gente nos haya hecho o enseñado y que cautivaron nuestro orgullo o nuestra
mente, pero que no fue nada bueno, aunque pareciera bueno o por lo menos
inofensivo.
Por ejemplo, una mamá puede haber amamantado a su
bebé, dándole toda la atención que él quería,
alagándolo abundantemente. Por lo tanto, ese niño pudo
crecer con un sentido anormal de auto-importancia, esperando la alabanza
y la honra de los demás, sin darse cuenta de ello. El afecto de
esa mamá podría haber parecido válido, aunque tal
vez no necesario. Después de todo, ¿no debería una
mamá amar y animar a su hijo? Muchos también piensan
que es honroso ser orgulloso o tener un ego inflado al cual falsamente
llaman
auto-estima o auto-confianza.
Uno debe renunciar a malas actitudes y comportamientos, a acciones cometidas
y a placeres en que participó, ahora y en el pasado, y reconocerlos
por lo que son. “Las cosas altamente estimadas para los hombres
son abominación para Dios,” dijo Jesús. Esto sólo
puede ocurrir cuando los candidatos para el arrepentimiento aprenden
una vida, perspectiva y actitud correctas.
Todos estos aspectos y elementos del arrepentimiento requieren una obra
de gracia y revelación del Señor de los ejércitos.
Nadie puede tomar estos pasos por su propio poder:
“Porque Dios es quien produce en vosotros tanto el querer como
el hacer por su buena voluntad.” (Filipenses 2:13)
Víctor Hafichuk
Traducido al español por Edwin
Romero
Translated into Spanish by Edwin Romero
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