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Testimonio de Paul Cohen
Judío de nacimiento, mi trasfondo religioso fue conservador y
de naturaleza seca. Consistía en aprender a leer hebreo y a recitar
oraciones en las cuales, generalmente, no sabíamos qué estábamos
diciendo. Casi no había relación entre lo que decíamos
en la Sinagoga y lo que hacíamos en nuestra vida diaria. La religión
era un “agregado” a la vida secular “normal” de
un norteamericano en la segunda mitad del siglo 20. No es sorpresa que
yo fuera cínico o, por lo menos, que sospechara que lo de Dios
se trataba de algo más que eso. Como yo no conocía a Dios,
no estaba muy seguro de cómo era Él, pero yo resentía
que se me impusieran cosas que me parecían vacías y sin
significado.
Empecé a contemplar la pregunta “¿Quién
es Jesucristo?” |
Un día en la escuela hebrea expresé mis sentimientos parándome
en una pequeña ampolla, la cual emitió un hedor a huevo
podrido (les llamábamos “stink bombs” -bombas apestosas-).
Esto nos pareció divertido a un amigo y a mí. A mi profesora,
no. Ella se puso pálida, también sospechó y dijo
que yo lo había hecho. Yo mentí y lo negué. Entonces
ella le dijo al Rabino que deseaba ponerme bajo juramento en el púlpito
ante Dios. Por alguna razón, el Rabino no estuvo de acuerdo. Sin
embargo, eso me estremeció. Me di cuenta que aunque yo sospechaba
que las prácticas vacías en las sinagogas no eran de Dios,
sí existía un Dios Todopoderoso detrás de todo y
Quien lo sabía todo. Mentirle a Él era imposible. Yo sabía
que de algún modo, Él estaba allí sobre la vaciedad
de la Escuela Hebrea. De repente, estaban en juego asuntos más
grandes. Fue como una llamada de alarma para algo latente que yo nunca
antes había enfrentado de esta manera. Dios es real.
Por varios años, yo continúe con mi vida independiente.
Recuerdo que estando en la universidad, yo iba a fiestas cerveceras de
la fraternidad mientras afuera de las casas había gente evangelizando
y repartiendo tratados. A ninguno de mis amigos les importaba, pero a
mí sí me llamó la atención. “¿De
qué está hablando esta gente?” y “¿qué los
motiva hacerlo?” Traté de hablar con ellos aunque me sentía
muy mal por perder a mis amigos quienes me abandonarían.
Mi búsqueda y hambre crecieron, especialmente después
de transferido de la universidad fuera del Estado a otra cerca de mi
casa, donde había asistido a la escuela. Empecé a leer
filosofía y libros sobre el reino espiritual. Empecé a
contemplar una pregunta que nunca antes había concebido, “¿Quién
es Jesucristo?” Me preguntaba qué tipo de hombre había
sido. Yo no sabía nada de la Biblia, pues no me enseñaron
los Evangelios ni había leído mucho de ella en inglés.
Mi convicción era: Este hombre no fue una persona común. ¿Quien
va a querer dejarlo todo y andar por allí diciéndole la
verdad a la gente, sin tener el respaldo de ningún grupo ni ser
enviado por otras personas? Yo no conocía a nadie así,
ni me lo imaginaba. Sabía que ciertamente yo no haría eso.
Yo no sabia nada acerca de Dios, ni podía concebir que alguien
hiciera algo como lo que yo consideraba que Jesucristo había hecho.
Yo sabía
que iba a necesitar tiempo para que las cosas se arreglaran en
mí.
|
Le
pregunté a un amigo qué pensaba él de todo esto
y él no pudo responder más que: “Paul, ¿por
qué no lees la biblia?” Esta parecía una idea profunda
y me sentía muy emocionado de hacerlo. Le entré a la biblia
con “ojos frescos” y con fe. Dios me había concedido
saber que Él era real y verdadero. Yo sabía que los escritores
y los que informaron las cosas que habían visto no eran mentirosos.
Esta fue una pregunta que me había hecho: “¿Estarán
inventando la historia de Jesucristo esos que la escriben?” Ese
habría sido un terrible pecado contra los lectores, pues se presenta
como algo por lo que uno daría la vida. Sin embargo, yo sabía
que ellos estaban diciendo la verdad.
Comencé por el principio de Mateo y leí todo el “Nuevo
Testamento” junto con Salmos y Proverbios, y parte del “Viejo
Testamento”. Estaba impresionado, encantado y muy agradecido de
ver y oír lo que estaba recibiendo. Dios es real y Él les
ha dado la victoria en Cristo Jesús a los que le reciben por la
fe.
La historia de las Escrituras, las cuales eran mi herencia como judío,
la miré cumplida en el sacrificio y resurrección de Yahshua
HaMashiach. A Abraham, nuestro Padre, se le instruyó que sacrificara
al hijo de la promesa, Isaac. Dios proveyó el sacrificio para
todos en Jesucristo. ¡Gloria, Aleluya! era algo maravilloso saber
que todo estaba bien, y más que eso, que era bueno y sobremanera
bueno.
Durante este tiempo, Dios también se manifestó a través
de muchas cosas que se arreglaron en mi vida. Todo mi mundo cambió;
ahora yo sabía para qué yo había nacido, o por lo
menos, por quién, y con la seguridad de que Él me guiaría.
Dios estaba a cargo de todo. Yo sabía que iba a necesitar tiempo
para que las cosas se arreglaran en mí. (Yo no tenia idea de qué significaba
esto. Sólo supe que no era un asunto pequeño o de simplemente
decir que uno creía y que luego todo seguiría normal).
¡No te engañes;
el pecado tiene un precio terrible! |
También comencé a darme cuenta de algunas cosas que no
estaban bien en mi vida. Mi consciencia empezó a molestarme por
cosas que antes no eran ningún problema. Sin embargo, en lugar
de arrepentirme del todo, traté de razonar y de justificar lo
que yo quería hacer. Seguía en fornicación, justificándome
con el hecho de que mi novia aceptaba lo que yo creía. Si ella
quería seguir conmigo, -razonaba yo- eso lo arreglaba todo. Me
dediqué a agradarme a mí mismo. Yo estaba unido en yugo
desigual en una relación con alguien que no sabía, ni entendía
ni compartía lo que a mi se me había dado. Inmediatamente,
comencé a sufrir por esta causa. No te engañes: El Pecado –ir
en contra de Dios- ¡tiene un precio terrible!
Mira a tu alrededor ¿Por qué hay tanta devastación
por todos partes? Es debido al pecado. No nos damos cuenta de cómo
sería todo si todos nos arrepintiéramos y dejáramos
nuestros caminos. Sé que no es fácil. De hecho, es imposible.
Por eso fue que vino Jesucristo.
Él vino para que pudiéramos tener esas buenas cosas que
de otro modo son inalcanzables. Él es la luz que nos convence
de pecado. Él es el sacrificio cuya sangre nos limpia de nuestro
pecado. Él es la vida que nos eleva a una nueva vida con Él
en la cual ya no pecamos. Él es el camino, la verdad y la vida.
No podemos equivocarnos con Él y no podemos estar bien sin Él.
Entonces yo
le dije “Dios te envió aquí por
mí.” |
Continúo. Nos casamos, según yo, para legitimar algo que
Dios no había ordenado. Las cosas no mejoraron. Aunque por fuera
todo parecía bien, y hasta excelente para algunos, por dentro
comencé a sentirme presionado y me preguntaba qué estaba
pasando. Menos de un año después de casarnos, nos mudamos
a Israel. Yo siempre había querido irme a vivir allí. Llegamos
a Kibbutz Revivim en el desierto de Neguev, por un programa diseñado
para aclimatar a los inmigrantes a través del trabajo y del aprendizaje
del idioma hebreo. Me sentía muy feliz de estar en Israel aunque
mi tormenta interior seguía creciendo. En algún momento
del camino, yo había orado que Dios me enviara a alguien con quien
hablar. Sabía que yo no podía entender qué me estaba
pasando. Dios me había mostrado la verdad de las Escrituras sin
usar a ningún hombre, pero ahora yo sentía que necesitaba
a uno que me guiara. Yo clamé al Señor. El movió mi
corazón para hacerle esta petición.
En nuestro programa había gente de todo el mundo, todos judíos,
excepto una pareja, Víctor y Marylin Hafichuk. Ellos se habían
ubicado en una casa junto a la nuestra. Yo quería saber qué los
había traído a Israel. Poco después de su llegada,
a la hora del almuerzo en el área del comedor de la comunidad,
yo le pregunté a Víctor por qué habían venido
a Israel. Él pareció vacilar un poco hablando de cómo
ellos habían estado leyendo la Biblia, pero luego hizo un cambio
y me respondió en forma muy directa. Dijo, “El Señor
nos envió aquí.”
Me podrían haber tumbado con una pluma. Allí estaba yo
en ese remoto lugar pidiéndole a Dios que me enviara alguien,
y allí estaba este hombre sentado junto a mí, declarando
que Dios lo había enviado. Pero lo más sorprendente para
mí, fue que, aunque Víctor no sabía para qué Dios
lo había enviado, yo sí lo sabía. Entonces le dije: “Dios
te envió aquí por mí.”
Yo estaba tan agradecido y emocionado de tener a alguien con quién
hablar y relacionarme acerca del Señor y del camino espiritual
de la vida. Nos mirábamos a diario y yo empecé a aprender
muchas cosas de Víctor y Marylin en cuanto a lo que Dios les había
estado enseñando a ellos. Yo le conté a Víctor sobre
mi vida y especialmente lo que había pasado para casarme. Él
ya había visto, por el Espíritu de Dios (antes de que habláramos
cualquier cosa) que mi relación con mi esposa era de fornicación
(no había sido Dios quien nos juntó en matrimonio). Ahora
yo sólo lo confirmaba con mis palabras.
Ella me dijo: “No
volverás a oír al Señor otra vez.” |
Una cosa era ver esto, pero mucho más entraba en juego cuando
me hablaron del asunto. Primero, hoy en los círculos religiosos
de nuestro mundo (sino es que en todas partes) prevalece la idea de que
está mal considerar que un matrimonio sea un error o que resulte
de un mal proceder. Segundo, un gentil hablando con un judío en
Israel acerca del Señor, y más específicamente,
instrucciones de parte del Señor las cuales ofenderían
a muchos, significaba que uno se ponía en peligro de ser echado
o quizás hasta enfrentar daño físico. De hecho,
hablamos con un par de individuos de nuestro programa quienes tenían
tales intenciones contra Víctor.
Tratar de ser sutil y darme pistas de lo que yo había hecho no
era suficiente. A su tiempo, Víctor me dijo exactamente qué era
lo que yo había hecho, y que al igual que todo lo mal habido,
yo tenía que devolverlo, por así decirlo. Instantáneamente
fui convencido de mi error. Yo sabía que el Señor había
enviado a Víctor por mí. También sabía, sin
lugar a duda, que este era su mensaje y respuesta a mi confusa condición.
Empecé a buscar en las Escrituras para comprender qué había
pasado y encontré en el libro de Esdras 9 y 10 cómo los
hijos de Israel habían tomado esposas que no eran de su misma
fe y, por mandato del Señor, tuvieron que dejarlas, aun con sus
hijos (los cuales nosotros no teníamos).
Sin embargo, aun después de creer, yo empecé a razonar
que tal vez podría posponer este paso tan difícil (no era
para nada lo que yo quería, más bien lo contrario) hasta
un tiempo más conveniente. Un día le expresé esto
a Marylin, la esposa de Víctor, mientras él no estaba y
la visité mientras ella planchaba. Le dije que yo iba a esperar
oír cuándo era el tiempo correcto. Ella me dijo, y nunca
olvidaré cómo me afectaron esas palabras, “No
volverás
a oír al Señor otra vez.” Ese fue el sello. Yo sabía
qué era lo que tenía que hacer, y por la gracia de Dios,
me puse a hacerlo.
El ha hecho de dos un nuevo
hombre, sirviéndole a Él
en espíritu y en verdad. |
Como resultado, Víctor y Marylin fueron echados de Kibbutz. Yo
los seguí un par de días después. En este asunto,
yo aun tenía muchas luchas y batallas que pelear. Pero el Señor
fue fiel y tuvo misericordia de mí en guardarme y perdonarme y
traerme a través de todas las batallas y fuegos que han venido
para purgarme y formarme a Su imagen.
El Señor ha confirmado Sus palabras, su consejo y sus juicios,
lo cual Él me dio a través de Víctor, quien con
el tiempo llegó a ser más que un profeta y amigo enviado
a mí. Eventualmente el Espíritu del Señor nos juntó para
compartir la misma vida y así también llegamos a ser verdaderos
hermanos.
Todas las obras de Dios se cumplen y se completan en Jesucristo. En
el principio, Él envió a un judío llamado Pablo
a los gentiles, para que se volvieran a Dios a través de Jesucristo.
Ahora un gentil (en la carne) llamado Víctor fue enviado a un
judío (en la carne) llamado Paul, también para traerlo
a Cristo. El Cuerpo es Uno. Él ha hecho de dos un nuevo hombre,
sirviéndole en espíritu y en verdad. Este es Su día
el cual los santos han anhelado y por el cual han orado y el cual toda
la creación ha esperado. ¡Bendito sea Su nombre para siempre! “Todo
lo que respira, alabe al Señor. ¡Alabado sea el Señor!” (Salmo
150:6).
Paul Benjamín Cohen
Helena, Montana, USA
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Traducido al español por Edwin
Romero
Translated into Spanish by Edwin Romero
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