“I did not come with excellency of speech or of wisdom, declaring to you the testimony of God. For I determined not to know anything among you except Jesus Christ and Him crucified” (1 Corinthians 2:1-2).

 

 

 

 

 

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Testimonio de Paul Cohen

Judío de nacimiento, mi trasfondo religioso fue conservador y de naturaleza seca. Consistía en aprender a leer hebreo y a recitar oraciones en las cuales, generalmente, no sabíamos qué estábamos diciendo. Casi no había relación entre lo que decíamos en la Sinagoga y lo que hacíamos en nuestra vida diaria. La religión era un “agregado” a la vida secular “normal” de un norteamericano en la segunda mitad del siglo 20. No es sorpresa que yo fuera cínico o, por lo menos, que sospechara que lo de Dios se trataba de algo más que eso. Como yo no conocía a Dios, no estaba muy seguro de cómo era Él, pero yo resentía que se me impusieran cosas que me parecían vacías y sin significado.

Empecé a contemplar la pregunta “¿Quién es Jesucristo?”

Un día en la escuela hebrea expresé mis sentimientos parándome en una pequeña ampolla, la cual emitió un hedor a huevo podrido (les llamábamos “stink bombs” -bombas apestosas-). Esto nos pareció divertido a un amigo y a mí. A mi profesora, no. Ella se puso pálida, también sospechó y dijo que yo lo había hecho. Yo mentí y lo negué. Entonces ella le dijo al Rabino que deseaba ponerme bajo juramento en el púlpito ante Dios. Por alguna razón, el Rabino no estuvo de acuerdo. Sin embargo, eso me estremeció. Me di cuenta que aunque yo sospechaba que las prácticas vacías en las sinagogas no eran de Dios, sí existía un Dios Todopoderoso detrás de todo y Quien lo sabía todo. Mentirle a Él era imposible. Yo sabía que de algún modo, Él estaba allí sobre la vaciedad de la Escuela Hebrea. De repente, estaban en juego asuntos más grandes. Fue como una llamada de alarma para algo latente que yo nunca antes había enfrentado de esta manera. Dios es real.

Por varios años, yo continúe con mi vida independiente. Recuerdo que estando en la universidad, yo iba a fiestas cerveceras de la fraternidad mientras afuera de las casas había gente evangelizando y repartiendo tratados. A ninguno de mis amigos les importaba, pero a mí sí me llamó la atención. “¿De qué está hablando esta gente?” y “¿qué los motiva hacerlo?” Traté de hablar con ellos aunque me sentía muy mal por perder a mis amigos quienes me abandonarían.

Mi búsqueda y hambre crecieron, especialmente después de transferido de la universidad fuera del Estado a otra cerca de mi casa, donde había asistido a la escuela. Empecé a leer filosofía y libros sobre el reino espiritual. Empecé a contemplar una pregunta que nunca antes había concebido, “¿Quién es Jesucristo?” Me preguntaba qué tipo de hombre había sido. Yo no sabía nada de la Biblia, pues no me enseñaron los Evangelios ni había leído mucho de ella en inglés. Mi convicción era: Este hombre no fue una persona común. ¿Quien va a querer dejarlo todo y andar por allí diciéndole la verdad a la gente, sin tener el respaldo de ningún grupo ni ser enviado por otras personas? Yo no conocía a nadie así, ni me lo imaginaba. Sabía que ciertamente yo no haría eso. Yo no sabia nada acerca de Dios, ni podía concebir que alguien hiciera algo como lo que yo consideraba que Jesucristo había hecho.

Yo sabía que iba a necesitar tiempo para que las cosas se arreglaran en mí.

Le pregunté a un amigo qué pensaba él de todo esto y él no pudo responder más que: “Paul, ¿por qué no lees la biblia?” Esta parecía una idea profunda y me sentía muy emocionado de hacerlo. Le entré a la biblia con “ojos frescos” y con fe. Dios me había concedido saber que Él era real y verdadero. Yo sabía que los escritores y los que informaron las cosas que habían visto no eran mentirosos. Esta fue una pregunta que me había hecho: “¿Estarán inventando la historia de Jesucristo esos que la escriben?” Ese habría sido un terrible pecado contra los lectores, pues se presenta como algo por lo que uno daría la vida. Sin embargo, yo sabía que ellos estaban diciendo la verdad.

Comencé por el principio de Mateo y leí todo el “Nuevo Testamento” junto con Salmos y Proverbios, y parte del “Viejo Testamento”. Estaba impresionado, encantado y muy agradecido de ver y oír lo que estaba recibiendo. Dios es real y Él les ha dado la victoria en Cristo Jesús a los que le reciben por la fe.

La historia de las Escrituras, las cuales eran mi herencia como judío, la miré cumplida en el sacrificio y resurrección de Yahshua HaMashiach. A Abraham, nuestro Padre, se le instruyó que sacrificara al hijo de la promesa, Isaac. Dios proveyó el sacrificio para todos en Jesucristo. ¡Gloria, Aleluya! era algo maravilloso saber que todo estaba bien, y más que eso, que era bueno y sobremanera bueno.

Durante este tiempo, Dios también se manifestó a través de muchas cosas que se arreglaron en mi vida. Todo mi mundo cambió; ahora yo sabía para qué yo había nacido, o por lo menos, por quién, y con la seguridad de que Él me guiaría. Dios estaba a cargo de todo. Yo sabía que iba a necesitar tiempo para que las cosas se arreglaran en mí. (Yo no tenia idea de qué significaba esto. Sólo supe que no era un asunto pequeño o de simplemente decir que uno creía y que luego todo seguiría normal).

¡No te engañes; el pecado tiene un precio terrible!

También comencé a darme cuenta de algunas cosas que no estaban bien en mi vida. Mi consciencia empezó a molestarme por cosas que antes no eran ningún problema. Sin embargo, en lugar de arrepentirme del todo, traté de razonar y de justificar lo que yo quería hacer. Seguía en fornicación, justificándome con el hecho de que mi novia aceptaba lo que yo creía. Si ella quería seguir conmigo, -razonaba yo- eso lo arreglaba todo. Me dediqué a agradarme a mí mismo. Yo estaba unido en yugo desigual en una relación con alguien que no sabía, ni entendía ni compartía lo que a mi se me había dado. Inmediatamente, comencé a sufrir por esta causa. No te engañes: El Pecado –ir en contra de Dios- ¡tiene un precio terrible!

Mira a tu alrededor ¿Por qué hay tanta devastación por todos partes? Es debido al pecado. No nos damos cuenta de cómo sería todo si todos nos arrepintiéramos y dejáramos nuestros caminos. Sé que no es fácil. De hecho, es imposible. Por eso fue que vino Jesucristo.

Él vino para que pudiéramos tener esas buenas cosas que de otro modo son inalcanzables. Él es la luz que nos convence de pecado. Él es el sacrificio cuya sangre nos limpia de nuestro pecado. Él es la vida que nos eleva a una nueva vida con Él en la cual ya no pecamos. Él es el camino, la verdad y la vida. No podemos equivocarnos con Él y no podemos estar bien sin Él.

Entonces yo le dije “Dios te envió aquí por mí.”

Continúo. Nos casamos, según yo, para legitimar algo que Dios no había ordenado. Las cosas no mejoraron. Aunque por fuera todo parecía bien, y hasta excelente para algunos, por dentro comencé a sentirme presionado y me preguntaba qué estaba pasando. Menos de un año después de casarnos, nos mudamos a Israel. Yo siempre había querido irme a vivir allí. Llegamos a Kibbutz Revivim en el desierto de Neguev, por un programa diseñado para aclimatar a los inmigrantes a través del trabajo y del aprendizaje del idioma hebreo. Me sentía muy feliz de estar en Israel aunque mi tormenta interior seguía creciendo. En algún momento del camino, yo había orado que Dios me enviara a alguien con quien hablar. Sabía que yo no podía entender qué me estaba pasando. Dios me había mostrado la verdad de las Escrituras sin usar a ningún hombre, pero ahora yo sentía que necesitaba a uno que me guiara. Yo clamé al Señor. El movió mi corazón para hacerle esta petición.

En nuestro programa había gente de todo el mundo, todos judíos, excepto una pareja, Víctor y Marylin Hafichuk. Ellos se habían ubicado en una casa junto a la nuestra. Yo quería saber qué los había traído a Israel. Poco después de su llegada, a la hora del almuerzo en el área del comedor de la comunidad, yo le pregunté a Víctor por qué habían venido a Israel. Él pareció vacilar un poco hablando de cómo ellos habían estado leyendo la Biblia, pero luego hizo un cambio y me respondió en forma muy directa. Dijo, “El Señor nos envió aquí.”

Me podrían haber tumbado con una pluma. Allí estaba yo en ese remoto lugar pidiéndole a Dios que me enviara alguien, y allí estaba este hombre sentado junto a mí, declarando que Dios lo había enviado. Pero lo más sorprendente para mí, fue que, aunque Víctor no sabía para qué Dios lo había enviado, yo sí lo sabía. Entonces le dije: “Dios te envió aquí por mí.

Yo estaba tan agradecido y emocionado de tener a alguien con quién hablar y relacionarme acerca del Señor y del camino espiritual de la vida. Nos mirábamos a diario y yo empecé a aprender muchas cosas de Víctor y Marylin en cuanto a lo que Dios les había estado enseñando a ellos. Yo le conté a Víctor sobre mi vida y especialmente lo que había pasado para casarme. Él ya había visto, por el Espíritu de Dios (antes de que habláramos cualquier cosa) que mi relación con mi esposa era de fornicación (no había sido Dios quien nos juntó en matrimonio). Ahora yo sólo lo confirmaba con mis palabras.

Ella me dijo: “No volverás a oír al Señor otra vez.”

Una cosa era ver esto, pero mucho más entraba en juego cuando me hablaron del asunto. Primero, hoy en los círculos religiosos de nuestro mundo (sino es que en todas partes) prevalece la idea de que está mal considerar que un matrimonio sea un error o que resulte de un mal proceder. Segundo, un gentil hablando con un judío en Israel acerca del Señor, y más específicamente, instrucciones de parte del Señor las cuales ofenderían a muchos, significaba que uno se ponía en peligro de ser echado o quizás hasta enfrentar daño físico. De hecho, hablamos con un par de individuos de nuestro programa quienes tenían tales intenciones contra Víctor.

Tratar de ser sutil y darme pistas de lo que yo había hecho no era suficiente. A su tiempo, Víctor me dijo exactamente qué era lo que yo había hecho, y que al igual que todo lo mal habido, yo tenía que devolverlo, por así decirlo. Instantáneamente fui convencido de mi error. Yo sabía que el Señor había enviado a Víctor por mí. También sabía, sin lugar a duda, que este era su mensaje y respuesta a mi confusa condición. Empecé a buscar en las Escrituras para comprender qué había pasado y encontré en el libro de Esdras 9 y 10 cómo los hijos de Israel habían tomado esposas que no eran de su misma fe y, por mandato del Señor, tuvieron que dejarlas, aun con sus hijos (los cuales nosotros no teníamos).

Sin embargo, aun después de creer, yo empecé a razonar que tal vez podría posponer este paso tan difícil (no era para nada lo que yo quería, más bien lo contrario) hasta un tiempo más conveniente. Un día le expresé esto a Marylin, la esposa de Víctor, mientras él no estaba y la visité mientras ella planchaba. Le dije que yo iba a esperar oír cuándo era el tiempo correcto. Ella me dijo, y nunca olvidaré cómo me afectaron esas palabras, “No volverás a oír al Señor otra vez.” Ese fue el sello. Yo sabía qué era lo que tenía que hacer, y por la gracia de Dios, me puse a hacerlo.

El ha hecho de dos un nuevo hombre, sirviéndole a Él en espíritu y en verdad.

Como resultado, Víctor y Marylin fueron echados de Kibbutz. Yo los seguí un par de días después. En este asunto, yo aun tenía muchas luchas y batallas que pelear. Pero el Señor fue fiel y tuvo misericordia de mí en guardarme y perdonarme y traerme a través de todas las batallas y fuegos que han venido para purgarme y formarme a Su imagen.

El Señor ha confirmado Sus palabras, su consejo y sus juicios, lo cual Él me dio a través de Víctor, quien con el tiempo llegó a ser más que un profeta y amigo enviado a mí. Eventualmente el Espíritu del Señor nos juntó para compartir la misma vida y así también llegamos a ser verdaderos hermanos.

Todas las obras de Dios se cumplen y se completan en Jesucristo. En el principio, Él envió a un judío llamado Pablo a los gentiles, para que se volvieran a Dios a través de Jesucristo. Ahora un gentil (en la carne) llamado Víctor fue enviado a un judío (en la carne) llamado Paul, también para traerlo a Cristo. El Cuerpo es Uno. Él ha hecho de dos un nuevo hombre, sirviéndole en espíritu y en verdad. Este es Su día el cual los santos han anhelado y por el cual han orado y el cual toda la creación ha esperado. ¡Bendito sea Su nombre para siempre! “Todo lo que respira, alabe al Señor. ¡Alabado sea el Señor!” (Salmo 150:6).

Paul Benjamín Cohen

Helena, Montana, USA

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Traducido al español por Edwin Romero
Translated into Spanish by Edwin Romero

 

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Webmistress and Editor: Sara Schmidt   

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