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Reuniendo a los Escogidos

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Este es el tiempo. Es el tiempo que los santos y los profetas han esperado, el tiempo que el Cielo y la tierra han esperado, el tiempo que Dios y los ángeles han esperado, el tiempo de la congregación de los escogidos. Ahora es el tiempo.

Este tiempo nunca se ha dado antes. Nuestro Señor no sólo hablaba de la Jerusalén terrenal cuando Él dijo: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37). Él les estaba hablando a los escogidos, los llamados y elegidos por Dios, a ti y a mí y a todos los que son del Señor.

Todos nosotros hemos sido esparcidos a los cuatro vientos.

Todos hemos buscado nuestras propios caminos y hemos resistido al Señor Jesucristo con uñas y dientes. Todos nosotros, a nuestra manera, hemos acudido a nuestros propios inventos, buscando nuestros propios placeres, pensando en nuestros propios pensamientos, haciendo lo que ha parecido bien a nuestros ojos, presumiendo que adoramos al Señor y que hacemos Su voluntad. “Todos nosotros como ovejas nos descarriamos; cada cual se apartó por su camino…” (Isaías 53:6).

Todos nosotros hemos sido esparcidos a los cuatro vientos en nuestras rebeliones e independientes caminos religiosos; hemos terminado como los pródigos que somos, con los cerdos y envidiándolos. Ahora es el tiempo de entrar en razón, no porque finalmente nos lo hayamos figurado, o porque hayamos estudiado y leído y aprendido, o porque hayamos ganado alguna virtud en nuestros sufrimientos y esfuerzos infructuosos, tampoco porque hayamos ganado nada. No, simplemente es porque este es el Día del Señor y Su obra.

“Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre; y entonces todas las tribus de la tierra harán duelo, y verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del Cielo con poder y gran gloria. Y Él enviará a Sus ángeles con una gran trompeta y reunirán a Sus escogidos de los cuatro vientos, desde un extremo de los Cielos hasta el otro.” (Mateo 24:30-31)

Hay tres Fiestas solemnes del Señor en el año – la Pascua, el Pentecostés, y los Tabernáculos. Cada una de estas fiestas representa una realidad interior que ocurre en el corazón del peregrino espiritual en Cristo. La primera Fiesta, la Pascua, representa nuestra conversión al Señor Jesucristo a través de la fe y del arrepentimiento. La segunda Fiesta, el Pentecostés, representa nuestro recibimiento del Espíritu de Dios a través de la fe, el principio de nuestra herencia, la prima (primer pago) del Reino de Dios y de Dios Mismo. Esta Fiesta también se conoce como la Fiesta de las Semanas, la Fiesta de las Cosechas, y el Día de los Primeros Frutos.

A Él le ha placido ahora darles el Reino a Sus escogidos.

El Día de los Primeros Frutos llega a su final. Durante los dos mil años que han pasado, los hombres han enseñado que Dios andaba buscando y tratando de salvar a todo mundo. Efectivamente, ellos han implicado que Él ha estado haciendo un trabajo lastimeramente pobre con eso, porque los hombres todos han sido tan malos e incorregibles que se rehúsan a ser salvos, y que Dios no los ha podido salvar de sus malvadas actitudes. La verdad es que Él solamente estaba recogiendo las primicias para Sí mismo, y Él ha hecho un trabajo perfecto. Él tiene a cada uno de los que Él se propuso tener.

Él sabía quiénes eran ellos, dónde estaban, cuándo Él los iba a traer y cómo, así como lo hizo con Saulo de Tarso. En realidad Él ha sido lo suficientemente grande, sabio y amoroso para hacerlo. ¿No es eso algo? Ahora, ¡éste es un Dios digno de alabanza y honor y gloria! Nada ha podido resistirse a Su voluntad – ¡nada! Tal vez tú, como un esclavo del pecado, pienses que tienes un libre albedrío, pero Su voluntad es aun más libre. Él siempre ha hecho como a Él le ha placido.

Este es el tiempo de los Tabernáculos. A Él le ha placido ahora darles el Reino a Sus escogidos. Este es el día en que Él está reuniendo a Sus escogidos desde los cuatro vientos del Cielo (el reino espiritual en cuyo estado o lugar están todos los nacidos del Espíritu).

Nosotros debemos, a través de muchas tribulaciones, como almas confirmadas por Dios, entrar en Su Reino, cada hombre en su momento. “Confirmando el alma de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe; y diciéndoles que es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el Reino de Dios.” (Hechos 14:22)

Su presencia en nosotros es presentada al mundo por su bien y para gloria de Él.

“Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo las primicias; luego los que son de Cristo, en Su venida [presencia, parousia]” (1 Corintios 15:22-23).

Un diccionario define “parousia” hermosamente como “la presencia en algo de la idea según la cual fue formado” – en otras palabras, ¡“Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”! Nosotros somos formados a Su imagen, Su presencia en nosotros es presentada al mundo para su bien y para gloria de Él, de cuya gloria los santos participan primero.

Romanos 8:19-23 RVG
(19) Porque el anhelo ardiente de las criaturas, espera la manifestación de los hijos de Dios.
(20) Porque las criaturas fueron sujetadas a vanidad, no voluntariamente, sino por causa de Aquél que las sujetó en esperanza,
(21) porque las mismas criaturas serán libradas de la servidumbre de corrupción, en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
(22) Porque sabemos que toda la creación gime a una, y está en dolores de parto hasta ahora;
(23) y no sólo ella, sino que también nosotros que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, esto es, la redención de nuestro cuerpo.

Nosotros hemos tratado de congregar, y nos hemos congregado, de acuerdo a nuestro entendimiento, deseos, ambiciones y placeres, y hemos cosechado pesar y tempestad. También hemos sido congregados, creyendo que era Dios que nos congregaba, pero no era así. Congregados por los hombres, fuimos engañados, abusados y heridos. En el congregar y ser congregados, nos volvimos amargados y desilusionados.

Todos hemos tenido motivos falsos y egoístas, nuestros ídolos.

Esto no significa que el Señor no nos hablara o usara aquí y allá; no significa que Él no haya estado con nosotros, determinando nuestra corrección, disciplina, purga, instrucción y desarrollo. Él ha estado con nosotros, y nosotros hemos sido juzgados.

“Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?” (1 Pedro 4:17 RVG)

Les echamos la culpa a otros, culpamos tanto a las personas como a las circunstancias, y sí, culpamos a Dios. “Dios,” protestamos, “hemos tratado de servirte, de testificar de Ti a otros, de ganar almas, de sanar y liberar, ¡y ésta es la recompensa que obtenemos!” Pero cada uno de nosotros “es el hombre,” como valientemente Natán se lo declaró a David (2 Samuel 12:7), sea en el congregar o el ser congregados. Todos hemos tenido motivos falsos y egoístas, nuestros ídolos; queríamos ser alabados, acariciados, apreciados, reconocidos, aceptados y libres de nuestra legítima responsabilidad, la cual hemos depositado en los hombres… por precio, muchas veces uno muy alto.

La culpa, si es que hay que culpar a alguien, solamente es nuestra. Si alguna vez nos hemos culpado a nosotros mismos, no ha sido en un justo juicio. Pero nada nos ocurre nunca a menos que lo necesitemos o lo merezcamos.

Dios reina sobre todas las cosas; tanto el engañador como los engañados son Suyos. Él crea tanto la luz como las tinieblas, el bien y el mal (Isaías 45:7), y hace todas las cosas según el consejo de Su propia voluntad (Efesios 1:11). Solamente por Él se sustentan todas las cosas (Colosenses 1:17); ni un gorrión cae a tierra sin el Padre (Mateo 10:29-31).

Alcemos nuestras cabezas porque ésta es la hora de nuestra redención.

Es Dios quien envía la espada y el hambre y la pestilencia y las bestias salvajes (Ezequiel 5:17; Jeremías 11:22; 14:12; 18:21; 24:10; 27:8; 29:17,18; 44:13,27; Ezequiel 5:16, 17; 14:21); es Dios quien levanta las naciones y las hace caer, poniendo reyes, aun de entre los más bajos de los hombres, según lo que Él considere apropiado (Jeremías 51:1). Es Dios Quien reina Supremo en todas partes del universo (Isaías 45:5-7); todo el oro y la plata son Suyos y el ganado en los millares de colinas, y las colinas donde crece la grama que Él viste (Salmo 50:10; Mateo 6:30).

Dejemos de culpar a otros, a nuestras circunstancias, a Dios, y no nos culpemos a nosotros mismos para siempre. En lugar de bajar nuestras cabezas en desesperación y vergüenza, crujiendo los dientes contra nuestro prójimo y mostrando nuestros puños contra el Cielo y contra Dios en nuestros caminos, palabras y pensamientos, perdonémonos los unos a los otros. Levantemos nuestras cabezas porque ésta es la hora de nuestra redención, santos hermanos y hermanas de nuestro Hermano Mayor, Jesucristo. Nuestra redención ha llegado.

Fíjese, no estoy diciendo que el tiempo viene “pronto,” como tantos otros lo dicen con una fe fingida. No, este es el tiempo; ésta es la congregación; el Señor está aquí, ahora. Que sus ojos y oídos sean abiertos; que sus temores sean disipados y sus lágrimas sean enjugadas.

Es el tiempo de poner nuestras vidas por los hermanos, negándonos a nosotros mismos.

Sí, en el mundo tenemos tribulación (Juan 16:33); sí, todos los que viven piadosamente en Jesucristo sufren persecución (2 Timoteo 3:12); sí, debemos tomar la cruz y sufrir la pérdida de todas las cosas, aun de nuestras propias vidas (Mateo 10:38-39); sí, debemos hacer guerra (Efesios 6:13-18); y sí, los de nuestra propia casa son nuestros enemigos (Mateo 10:36). Pero la entrada en la tercera y última Fiesta, ese estado que la humanidad ha vivido anhelando todos estos milenios, hace que el precio pagado valga la pena mucho más aun.

Es el tiempo de poner nuestras vidas por los hermanos, negándonos a nosotros mismos. Este es el tiempo en que ya no más viviremos para nosotros mismos.

Aunque ha habido muchas cosechas a través de la historia del hombre, no se ha dado la cosecha de la cual estoy hablando. Es una reunión interna primero, una forjada solamente por Dios. El hombre ya no puede lograr esta reunión al igual que no puede atrapar al viento con sus puños. Este es el “rapto” del que muchos hablan y esperan, aunque no es como se lo han imaginado.

La Voz del Señor como una trompeta habla y dice, “Vengan aquí.” Es la trompeta final.

La primera porción de la última gran Fiesta de los Tabernáculos es la Fiesta de las Trompetas, que tenía lugar el primer día del séptimo mes. El sonido de la trompeta tenía muchos propósitos – llamados a asamblea, anuncios, advertencias de peligro, y llamados a la guerra. Ahora la trompeta está sonando para todas estas causas al mismo tiempo.

La trompeta suena la proclamación de libertad y de completa restauración.

“Y en el último día, el gran día de la Fiesta, Jesús puesto en pie, exclamó en alta voz, diciendo: Si alguno tiene sed, que venga a Mí y beba. El que cree en Mí, como ha dicho la Escritura: ‘De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva.’ (Pero Él decía esto del Espíritu, que los que habían creído en Él habían de recibir; porque el Espíritu no había sido dado todavía, pues Jesús aún no había sido glorificado.)” (Juan 7:37-39 LBLA)

La trompeta nos llama a que nos reunamos en y con Él; anuncia Su presencia; suena la alarma y llamado para prepararse, porque grande y terrible es este día, como ningún otro antes o después; y nos llama a la guerra. El Señor es un Varón de guerra, guiando a Su ejército en caballos blancos para destruir al enemigo y juzgar a los impíos, como lo profetizó Enoc, para tomar la tierra por fin y hacerla Su tierra otra vez.

Es el sonido de la proclamación de libertad y de completa restauración, porque la segunda porción de la tercera y última Fiesta es el Día de la Expiación cuando todos los pecados son cancelados; este es el Día del Jubileo – el décimo día del séptimos mes.

Hasta este día, los santos han sido reunidos al Señor en parte. Al convertirnos, venimos a una nueva vida, participando con otros que han experimentado lo mismo. Fuimos reunidos en parte otra vez cuando pasamos a recibir Su Espíritu. Fue otra dimensión donde nos reunimos con otros que había ido delante de nosotros.

En esta tercera Fiesta, se responde y se cumple la oración del Señor en Juan 17 estando en la tierra.

Pero ahora es la reunión de las reuniones con Él para poner fin a todas las reuniones porque llegamos a ser uno con el Señor y uno los unos con los otros en Él. En este último gran Día, llegamos a ser un espíritu, un corazón, un alma, una mente y una carne, hueso de hueso, sangre de sangre, espíritu de espíritu, uno en el Cuerpo de Cristo.

En esta tercera Fiesta, se responde y se cumple la oración del Señor en Juan 17 estando en la tierra: “Para que todos sean uno; como Tú, oh Padre, en Mí, y Yo en Ti, que también ellos sean uno en Nosotros; para que el mundo crea que Tú Me enviaste.”

¿Quién puede decir que los cristianos han tenido esta bendita unidad hasta ahora? Esta manera de congregación nunca se ha dado, ni siquiera entre dos personas. Por ejemplo, donde dice que las almas de David y Jonatán estaban estrechamente unidas (1 Samuel 18:1), note que David se fue por su camino y Jonatán por el suyo. Eventualmente David sucedió en el trono al padre de Jonatán, mientras que Jonatán pereció en el campo de batalla con su padre (lea Compromiso).

Desde Adán y Eva, nunca ha existido el orden puro entre esposo y esposa.

Aun en la iglesia primitiva, la cual estaba en alegría, de un solo corazón y una sola alma, no fueron congregados en la forma que ahora está sobre nosotros. Fueron congregados en parte, como lo fueron los corintios, los gálatas y las siete iglesias de Asia que aun les faltaba vencer. Leemos que había grandes pecados y divisiones entre ellos.

Ninguna pareja, ni siquiera los esposos y esposas creyentes, han experimentado esta unidad. Desde Adán y Eva, nunca ha existido el orden puro entre esposo y esposa. Las esposas han gobernado siempre. No hay un matrimonio sobre la faz de la tierra donde el esposo haya sido la cabeza de la casa y la esposa se haya sometido a ese esposo, cada uno en verdadera santidad y piedad, como las Escrituras declaran que debe ser.

Seamos honestos y olvidemos nuestras fantasías, los autoengaños y los deseos de dar otra apariencia de lo que somos. Como el alma ha regido sobre el espíritu a través de la historia humana, así la mujer ha regido sobre el hombre. Los hombres han tratado de tomar su lugar correcto como cabeza de la casa, y las mujeres han tratado de someterse a sus esposos. Ellos lo han hecho de manera externa. Lo han intentado sinceramente y sinceramente han fracasado, envueltos por ese hombre de pecado que está dentro de nosotros, el primer Adán, el contaminador, el alma rebelde que se opone al espíritu.

La congregación se da con la victoria hasta el final; es la venida del Señor.

Yo no conozco una relación marital donde el hombre sea quien lleva los pantalones en la familia – ni una. He visto a las mujeres dominar, sea abiertamente o tras bambalinas, en alta voz o en silencio, agresivamente o mansamente, conscientemente o de otra forma, de manera obvia o no tan obvia. Por lo menos, no ha habido armonía perfecta. Este ha sido el fruto, ley y maldición de la caída del hombre hasta ahora.

La congregación de Dios se trata de ser dados vuelta al revés a través de la santificación (siendo apartados como lo era el cabrío expiatorio en el décimo día del séptimo mes), el espíritu poniendo su vida por el alma, el alma tomando su lugar correcto en sumisión al espíritu, el espíritu asumiendo el liderazgo sobre el alma.

Este es el tiempo en que los varones aparecen delante de Dios la tercera vez; es el momento de vencer hasta el final y entrar en reposo; es la venida del Señor.

¿Unidad y perfecta armonía? Nunca hemos conocido esas cosas… pero ahora las conoceremos.

Se trata del jubileo. Se trata de la redención del hombre de pecado, de la restauración del primer Adán por la obediencia sacrificial de Cristo morando dentro de nosotros. Este es el día en que Dios es todo en todos:

“Porque todas las cosas sujetó debajo de sus pies. Pero cuando dice: Todas las cosas son sujetadas a Él, claramente se exceptúa a Aquél que sujetó a Él todas las cosas. Y cuando todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará a Aquél que sujetó a Él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.” (1 Corintios 15:27-28 RVG)

¿Unidad y armonía perfecta? Nunca hemos conocido esas cosas a la perfección… pero las conoceremos ahora. Empezamos una nueva era.

Yo estoy tocando la trompeta con la porción que da el “aviso para prepararse” ahora. La reunión viene como una dispersión. Así es como funciona con el Señor, Quien no piensa ni actúa como nosotros. “Eres Tú el que nos divide como madera y nos echas al fuego.” – estas son palabras que Él me dio al describir Su obra entre nosotros. Como una estructura de lego, Él nos separa a todos unos de otros y nos vuelve a juntar otra vez en una nueva relación. Así como entramos por la cruz en las primeras dos Fiestas, si verdaderamente entramos, y no como ladrones y salteadores entrando por otro camino, así debemos entrar en la tercera Fiesta por la cruz. En ese sentido, las fiestas son todas iguales.

Todas las Fiestas son fiestas solemnes y sólo se participa de ellas mediante la cruz. Pero durante esta Fiesta final, el alma era afligida a través del ayuno. Durante esta Fiesta, el macho cabrío era enviado al desierto. Solamente durante esta Fiesta, el Sumo Sacerdote entraba en el Lugar Santísimo, la tercera parte del Tabernáculo de Dios. Todo esto ocurría en el Día de la Expiación, el segundo día y la porción central de la Fiesta de los Tabernáculos, el día más solemne del año.

Ahora se paga el precio supremo y el príncipe de este mundo es juzgado completamente.

Fue difícil entrar en la Pascua, apartarte de tus pecados, dioses, doctrinas e ideas anteriores, familia y amigos, deseos de la carne y la amistad con el mundo, rendirte al Señorío del Señor Jesús.

También, al venir a recibir el Espíritu de Dios en la segunda Fiesta, la Fiesta del Pentecostés, fue difícil dejar a tus hermanos, tus nuevas amistades que habías encontrado, y algunas de las nuevas doctrinas e ideas. Fue como que si un territorio que se había conquistado de repente se perdiera, como si estabas descendiendo al valle, pero en el espíritu sabías que estabas escalando a una montaña más alta. En la carne, fue doloroso; en el espíritu, emocionante.

Pero tenías que escoger; tenías que dejar; tenías que sufrir; tenías que pagar el precio. Ahora una vez más tienes que pagar el precio, sólo que esta vez el precio es en un nuevo plano que requiere el todo. Ahora se paga el precio supremo y el príncipe de este mundo es juzgado completamente. Es ahora que el hombre de pecado será destruido, el que te ha atormentado en toda tu vida espiritual, para que nunca más te atormente. Este es el día de la victoria, el día de la corona y del trono, el día de vencer.

Este tiempo final no sólo es asunto de apartarse del pecado, de hacer más obras, de dar, o de amar al prójimo como lo entendemos, de vivir una buena vida, generosa, moralmente recta y santa. No, este es el tiempo para poner la vida, de una vez por todas.

Reposarás y te regocijarás en el Señor, sabiendo que Él es Todo en todos.

Es la última y absoluta rendición de la voluntad, la realidad de, “Hágase Tu voluntad y no la mía.”

Dios arreglará las circunstancias, los detalles de la obediencia específica; Él lo hará todo, y cuando Él termine, tú descansarás y te regocijarás en el Señor, sabiendo que Él es Todo en todos, que Él ha orquestado todo para esta hora, cada detalle de tu peregrinaje espiritual. Sabrás que Él es Soberano, siempre lo ha sido y siempre lo será. Y tú estarás preparado para proclamar todo esto con poder, convicción y gozo.

Yo tuve una visión del Cielo. Cada uno allí estaba crucificado a sí mismo, pero vivo para los demás, todos ellos. ¡Qué belleza! ¡Qué gozo, paz, satisfacción, amor, reposo, agradecimiento y gloria! La unidad y armonía de la gente era perfecta en Él. Yo veía estas cosas escritas en sus rostros.

¿Sabías tú que esto existe en la tierra? La Esposa desciende a la tierra.

Si lo entregamos todo, lo recibimos todo – mucho más de lo que hubiéramos imaginado obtener. Si tan solo uno de nosotros busca lo suyo, todo el cuerpo está enfermo. El que no se arrepiente debe ser expulsado – “un poco de levadura leuda toda la masa” (1Corintios 5:6). Todos hemos querido recibir, ser servidos, respetados, honrados y tener provisión… para obtener. ¡Qué frustrante y destructivo!

Ponemos nuestras vidas a la disposición, para servir al Señor y a Su pueblo.

La gloria de plenitud en el Señor nos ha sido retenida a todos, y nosotros la hemos rechazado sin tenerla, porque hemos buscado nuestras propias agendas. Buscando obtener el Cielo por nuestra cuenta, más bien obtuvimos el infierno.

Yo he sentido una preparación, una inflamación, una manifestación de algo que está dentro, una compasión, un creciente deseo de reunir a los que están en dolor, perdidos, desconsolados, sin hogar, enfermos, desnudos, hambrientos, sedientos, solitarios, confundidos y temerosos en una familia donde haya amor y consuelo genuino de los unos a los otros. La gente sobre quienes está esa atracción del Señor anda buscando ese refugio de reposo. Es a éstos a quienes debemos abrirles nuestros brazos sin buscar ninguna forma de ganancia para nosotros mismos.

Al dar, recibiremos más de lo que el corazón podría desear. Esto es amor. Yo no digo que hagamos estas cosas en todas partes, a todo mundo, siempre, sin discreción, o por la Ley, sino que según seamos guiados y nos dé el Señor. Como lo declaran las Escrituras, “Si alguno no trabaja, que no coma” (2 Tesalonicenses 3:10). Lo que estoy diciendo es que pongamos a la disposición nuestras vidas, no para nosotros mismos, sino para servir al Señor y a Su pueblo a quienes Él ahora está reuniendo. Esto no es una serie de reglas o actos, sino una motivación interior, la cual solamente Dios puede dar a los que Él toma.

Que venga el pueblo que busca a Dios sin reservas ni condiciones.

La rodilla ya no se llamará a sí misma el cuerpo, sino que servirá al cuerpo. Eso es amor.

Hay muchos que buscan una “iglesia hogar,” un lugar al cual pertenecer. Estos no son necesariamente los que el Señor está atrayendo. Son muchos los que están inconformes, los orgullosos, los amargados, los rebeldes, quienes desean identificarse con un grupo – buscando obtener, no servir, esperando ganar y no dar nada excepto lo que les deje algún tipo de recompensa.

Que los rebeldes moren en soledad; que los avaros se queden sin nada; que los haraganes no coman; que los orgullosos reinen en sus vacíos dominios; que los sociables se aíslen del pueblo de Dios. Como está escrito, “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es sucio, ensúciese todavía; y el que es justo, sea justo todavía; y el que es santo, santifíquese todavía.” (Apocalipsis 22:11).

Que venga el pueblo que busca a Dios sin reservas ni condiciones, sin otro propósito más que el de hacer Su voluntad, no importa cuán contraria sea a sus propios deseos. Que vengan al hogar después de tanto tiempo de vivir como desadaptados en el mundo y en Babilonia.

El Día del Señor es grande para los rectos y terrible para los impíos.

Que ellos regresen para ser restaurados y para reconstruir las ruinas antiguas, no de acuerdo a las inútiles formas de los hombres, sino de acuerdo al magnificente poder de Dios, Quien junta a Sus ovejas en Su rebaño, proveyéndoles de toda cosa buena. Habrá un solo rebaño y Un Pastor.

Este es el tiempo. Tengan cuidado y dense por advertidos. El Día del Señor es un día grande y a la vez terrible, grande para los rectos y terrible para los impíos, grande para los que sirven a Cristo y terrible para los que se sirven a sí mismos, grande para el Hijo de Dios y terrible para el hombre de pecado.

Es el Día del Juicio y de Ajuste de Cuentas, pero también es el Día de las Promesa y la Reconciliación el día que los escritores, santos y profetas han anticipado. Es el día por el cual nosotros y toda la creación hemos estado gimiendo.

Tú no experimentarás más dolor del que tendrás en este día, pero habrá valido bien la pena. No será como lo esperaban. Será peor, y será mejor. Y eso no importa. Este es el tiempo.

¿No es el tiempo de entrar en tu eterno reposo y ganancia para el Señor y para otros?

¿No estás cansado de luchar? ¿No estás agotado con una vida de perro, peleando con otros perros por los desperdicios? ¿No estás agotado con tanto trabajo y pleitos y oposición? ¿No estás cansado de juegos y de adivinar, de correr y de esconderte del Señor, de los demás, de ti mismo? ¿Por qué vivir para muerte cuando puedes morir para vida?

¿Ganarás o te beneficiarás a tu manera? ¿Alguna vez lo has logrado de verdad? Enfréntate a ti mimo y sé honesto. ¿No es tiempo de que entres en tu reposo eterno y de ganancia para el Señor y para los demás? ¿No es tiempo de remplazar tu yugo y carga por el Suyo? Descubre que Su yugo es fácil y ligera Su carga.

No se trata de los “hombres de Dios,” de la doctrina, del conocimiento, de la comunión o del Cielo y la tierra que están “en el más allá,” sino de Dios y tú y de lo que está aquí. El Cielo no queda allá yendo de aquí, sino aquí viniendo de allá. “Hágase Tu voluntad en la tierra así como en el Cielo.”

Si reconocemos la verdad, confesaremos que todo comienza con nosotros, no con nuestro prójimo. El primer convertido de cada quien debe ser él mismo. Es tiempo que ya no seamos más dos naciones en guerra por dentro, como sucedió con los gemelos de Rebeca (Génesis 25:21-26), sino de ser un hombre nuevo, como los profetas han declarado que seríamos. Es tiempo que nuestra guerra termine.

“Sálvanos, oh Señor Dios nuestro, y recógenos de entre las naciones…”

Efesios 2:14-16 LBLA
(14) Porque Él mismo es nuestra paz, quien de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,
(15) aboliendo en Su carne la enemistad, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Sí mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz,
(16) y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad.

“Sálvanos, oh Señor, Dios nuestro, y recógenos de entre las naciones, para dar gracias a Tu Santo nombre, y para gloriarnos en Tu alabanza. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, desde la eternidad y hasta la eternidad. Y todo el pueblo diga: Amén. ¡Aleluya!” (Salmo 146:47-48).

Sofonías 3:13-20
(13) El remanente de Israel no hará injusticia ni dirá mentira, ni se hallará en su boca lengua engañosa, porque ellos se alimentarán y reposarán sin que nadie los atemorice.
(14) Canta jubilosa, hija de Sion. Lanza gritos de alegría, Israel. Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén.
(15) El Señor ha retirado sus juicios contra ti, ha expulsado a tus enemigos. El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti; ya no temerás mal alguno.
(16) Aquel día le dirán a Jerusalén: No temas, Sion; no desfallezcan tus manos.
(17) El Señor tu Dios está en medio de ti, guerrero victorioso; se gozará en ti con alegría, en su amor guardará silencio, se regocijará por ti con cantos de júbilo.
(18) Reuniré a los que se afligen por las fiestas señaladas, tuyos son, oh Sion, el oprobio del destierro es una carga para ellos.
(19) He aquí, en aquel tiempo me ocuparé de todos tus opresores; salvaré a la coja y recogeré a la desterrada, y convertiré su vergüenza en alabanza y renombre en toda la tierra.
(20) En aquel tiempo os traeré, en aquel tiempo os reuniré; ciertamente, os daré renombre y alabanza entre todos los pueblos de la tierra, cuando yo haga volver a vuestros cautivos ante vuestros ojos, dice el Señor.

“…a Él se congregarán los pueblos.”

Si yo te hablo vida a ti, si el Señor te da testimonio de las cosas que te digo, entonces tú, sin vacilaciones, buscarás las Escrituras, no sólo las que yo presento aquí, sino otras también. En verdad, si yo hablo por el Señor, todas las Escrituras darán testimonio de lo que estoy diciendo. Espero que tú recibas entendimiento de lo que dicen los siguientes pasajes, tú verás que, hasta este día, esos nunca se han cumplido en ninguna parte en ningún tiempo:

Deuteronomio 30; Salmo 50:1-6; Salmo 126, 147; Isaías 43:1-44:11: Isaías 54 y 56:1-8; Jeremías 23:1-8; 31:1-14; 32:36-44; Ezequiel 11:16-21; 20:33-44; 34:11-31; 37:21-28

“No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Silo; y a Él se congregarán los pueblos.” (Génesis 49:10).

“Que en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, había de reunir todas las cosas en Cristo, así las que están en el cielo, como las que están en la tierra, aun en Él. En quien también obtuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito de Aquél que hace todas las cosas según el consejo de Su voluntad; para que seamos para alabanza de Su gloria, nosotros quienes primero confiamos en Cristo.” (Efesios 1:10-12).

“El Espíritu y la esposa dicen: ‘Ven.’ Y el que oye, diga: ‘Ven.’ Y el que tiene sed, venga; y el que desee, que tome gratuitamente del agua de la vida.” (Apocalipsis 22:17 NBLH)

¿Es éste tu tiempo? El que tiene oídos, oiga lo que el Espíritu dice.

Víctor Hafichuk

Traducido al español por Edwin Romero
Translated into Spanish by Edwin Romero

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